La piedra caída del cielo (y III)

          Una red de rutas de intercambio teje como una tela de araña la geografía del  mundo. Cubre los continentes y los une unos con otros. Así ha sido desde el principio de la humanidad.

          Al mismo tiempo que los lapislázulis llegaban hasta la corte de Tutankamón y se enterraban con su momia en el Valle de los Reyes de Luxor, rutas similares seguía la turquesa verdiazul del desierto de Kyzyl Kum (en el actual Uzbekistán) que lucían los nobles de Sumeria. Y los vasos de serpentina gravada de Irán que llegaron hasta Mesopotamia. Hace cinco milenos, una red comercial de productos de lujo unía Asia Central no solo con Irán y Mesopotamia, sino también con el valle del Indo y la cuenca del Tarim, en el Turquestán oriental.

         ¿Hubo comercio antes? En el tercer milenio a.C., el estaño del valle de Sarkar, en Afganistán, viajaba por tierra y mar hasta Ur de Mesopotamia. Antes aún, a lo largo del cuarto milenio a.C., el cobre del centro del Irán ya había llegado hasta el Tigris y el Éufrates, donde Súmer comenzaba a escribir la Historia. Y tampoco ese fue el comienzo. Con anterioridad a la Edad de los Metales, en Asia como en Europa o África o América, había rutas para intercambiarse los cuchillos y hachas de sílex, o para llevar hasta donde no había el pedernal de donde saltaba la chispa que encendía el fuego.

         Las rutas comerciales son tan viejas como los humanos. Dar, recibir, intercambiar, vender luego... Para el comercio -y para administrar el cobro de tributos- se inventaron la escritura y los números: para llevar la cuenta de los productos que se compraban y vendían, lo que se entregaba, los contratos y los precios.

         Pero hoy, en el Gran Bazar de Estambul, además de comprar estos lapislázulis engarzados en plata, he hecho amigos. Con Ahmet y Hamit Nazari, los hermanos uzbecos que llevaban la tienda, hemos hablado de Afganistán y hemos recordado los buenos viejos tiempos, cuando había paz y los bazares estaban llenos y en los mercados se vendían almendras y albaricoques y granadas, y en los cafés se escuchaba la música de Ahmat Zahir. Y me han dado noticias de la guerra de antes. De como huyeron. Y de la guerra de ahora. Y del futuro. Nos hemos prometido que nos volveremos a ver.

          A orillas del Bósforo contemplo los barcos que cruzan la negra noche de las aguas. Sus luces parecen guirnaldas que flotan en el vacío. Las gaviotas vuelan sobre el minarete de la mezquita de Dolmabahce. Planean como fantasmas entre los haces de luz que la iluminan. Bajo las gaviotas y los minaretes resplandecientes de la noche de Estambul, miro las piedras que tengo en la mano y veo las estrellas. 

Imagen de jBartroli

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