La Ruta de la Seda (I): Kashgar, el mayor bazar del Asia central

        Desde las luces naranjas del amanecer pasaban los asnos arrastrando los carros con alegre trotecillo. Los arrieros les pusieron en camino tras la primera oración del alba. Van cargados de mujeres, de chiquillos, de hombres que apilan alegres las mercancías que amenazan con caer.

         Barbas bíblicas, narices con nombre propio, ojos de almendra espigada, alegres estampados sobre cuerpos rollizos, turbantes azules en testas rasuradas, refulgencias de estrellas en los pañuelos de seda... Son campesinos uigures del oasis, pastores kirguizes con gorro de fieltro blanco que acuden desde los altos valles nevados del Tian Shan, uzbecos de bonete bordado y recio bigote, montañeses inclasificables enfundados en gruesas pellizas de lana vuelta, de pieles espesas y grasientas, que me contemplan con ojos llegados de siglos lejanos con tanta sorpresa como mis ojos les admiran a ellos. Llegan por las carreteras de las afueras, forman largas hileras, inundan de polvo los caminos. Todos se dirigen al mismo lugar.

         -Asalam Alaikum... ¿Bazar. Y un gesto mío.

         Amablemente me invitan a subir. Y así, como uno más, brincando en el borde de un carrito, un asno me lleva por el río de la historia hacia el mercado dominical de Kashgar, el más grande, aseguran, del Asia Central. Veinticinco siglos de la Ruta de la Seda me contemplan.

         Los mercados son viejos en Asia, muy viejos. Lo son ya cuando Alejando el Magno destruye el imperio persa a finales del siglo IV. Han sobrevivido invasiones bárbaras, imperios y saqueos, y también innovaciones tecnológicas, revoluciones y modas. La historia ha galopado y ellos permanecen. Han sido y son el eje de la vida económica y social de ciudades milenarias. Son puertas abiertas a la historia.

         ¿Cuándo empieza todo? Mucho antes que la seda. El emperador Darío de Persia organizaba en el siglo VI a.C. una carretera real con vigilancia militar que recorría los 2.700 km. desde Éfeso, en el Mar Egeo, hasta Susa; otra similar unía Babilonia con Kabul. Pero antes mismo que los persas llegaran desde las estepas del Volga, el cobre, el estaño, la obsidiana, las perlas y el marfil ya eran transportados, de mercado en mercado, entre el Mediterráneo y el corazón de Asia. Las rutas comerciales son tan viejas casi como la humanidad: nacieron en el momento en que los humanos comenzaron a admirar las cosas bellas y escasas y a desear justo aquello que no tenían.

          Quizás el primer producto en abrir las rutas fuera el lapislázuli: lapis, del latín piedra, y lazaward, del persa azul. Es una piedra especial: dura como el acero, su azul oscuro tiene la profundidad intensa del cielo nocturno, y sus impurezas de calcita y pirita, el brillo de las estrellas. Hace 5.000 años los sumerios de Mesopotamia ya iban a buscarlo hasta el Badajshán: 2.400 kilómetros por una piedra que contiene el firmamento. Marco Polo, al pasar, define el lapislázuli que allá se da como "el más fino y mejor que hay en el mundo". En la Europa de su tiempo, los pintores de las catedrales lo trituran para obtener el pigmento del azul de ultramar. Aún hoy, el lapislázuli badajshaní es apreciado en todo el Oriente. Y en los bazares afganos en el exilio se ven los orfebres kazajos como enzarzan las piedras pulidas con filigranas de plata: vierten hilos del metal líquido con crisoles minúsculos, y con ellos dibujan anillos, pulseras, pendientes y colgantes.

Imagen de jBartroli

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