La Ruta de la Seda (II): Rostros que vienen del origen de los tiempos

         El carrito ya no avanza. La multitud que se concentra en las entradas al bazar dominical de Kashgar es tal que impide el paso. Doy las gracias y me apeo. Desde siempre, la riqueza de las ciudades y de los bazares de la Ruta de la Seda ha atraído a los nómadas de las estepas, de las mesetas y de los desiertos.

         Las oleadas invasoras se han sucedido unas tras otras y han alimentado la mezcla de razas, lenguas y religiones. Escitas, hunos, turcos, tibetanos, árabes, tártaros, mongoles... todos han dejado sus huellas en la gente que me rodea: rostros maravillosos como monumentos, ilustrados con cien arrugas, corroídos por la intemperie, el frío y la dureza de vidas de las que ignoro todo, adornados con ojos verdes que transparentan hacia siglos lejanos, con narices que son genealogías trazadas hacia el origen de las razas y los pueblos y nos hablan de parentescos que nos son más próximos de lo que creemos, frentes de sabiduría proverbial, labios preparados para la profecía, o para el amor... Hay tanto a decirse y sin embargo... ¡Faltan tanto las palabras!

          Un anciano de perilla blanca me saluda con una suave inclinación de su calva desde el asno minúsculo donde va montado; unas muchachas de trenzas morenas, que visten satén con refulgencias de plata y de oro, me sonríen entre sorprendidas y coquetas; la misma curiosidad reside en la mujer que, sentada en un carrito, aguanta a dos manos, con satisfacción, una radiocasete. Lo viejo, lo inmanente y lo nuevo. Realidades incambiadas en 2.500 años junto a las más extravagantes novedades.

         Kasghar ya es importante hacia el año 127 a.C., cuando un joven embajador llamado Zhang Qian pasa por ella. El emperador Wu Di le envía a los nunca visitados reinos del Oeste a buscar aliados contra los hunos. No los consigue, pero en su lugar trae una noticia sorprendente: la seda china se vende en los bazares de ciudades fabulosas llamadas Samarcanda y Bactria, y cuentan que hasta la llevan a lejanos imperios: Partia y aún otro más allá, Li-joen, al que también conocen por Roma.

          La tradición china otorga a Zhang Qian el honor de haber abierto la Ruta de la Seda. En realidad, la seda se le había adelantado muchos siglos: se la ha encontrado en tumbas bactrianas del 1500 a.C., y en el 550 a.C. ya era conocida en Atenas. Pero sí es cierto que, tras su retorno, China y los reinos centroasiáticos se envían embajadores, el comercio se potencia y los trayectos caravaneros se unen en una gran y única ruta más extensa, una ruta que cambiaría el mundo.

         Durante los tres siglos siguientes, la Ruta de la Seda vive una edad de oro. Cuatro imperios aseguran la tranquilidad en los caminos: el romano, el parto en Mesopotamia y Persia, el kusana en Asia Central y el chino. Hasta que, a finales del siglo II, con las grandes invasiones bárbaras sobre China y Roma y el ascenso de los sasánidas en Persia, los caminos se hacen más y más peligrosos. La ruta marítima -desde el Mar Rojo o el Golfo Pérsico hasta la India y de allí a los puertos del sur de la China- coge el relevo. Será la alternativa cada vez que las guerras interfieren con la terrestre.

          Desde entonces, la ruta pasa por momentos de declive y otros de nuevo auge, según sean los grandes imperios o los nómadas de las estepas quienes impongan su ley. Pero en ningún momento el comercio muere del todo, ni en los tiempos que parecen más oscuros. Un ejemplo: en el siglo VII, las compras del monasterio merovingio de Corbie, cerca de Amiens, incluyen "120 libras de pimienta, 70 libras de jengibre, 10 libras de clavo aromático...". Y otro: cuando hacia el año 973 Ibrahim ibn Ga'qub al Turtusi viaja a a Maguncia, como embajador-espía de Al Hakam II de Córdoba, encuentra monedas de oro de Samarcanda acuñadas solo 50 años antes.

          Después del terror, la paz. Un solo imperio se extiende por toda la ruta, desde China hasta la frontera de Bizancio. La paz mongola permite otra vez a los mercaderes ponerse en camino. Es entonces cuando, hacia el año 1272 o 1273, la caravana de un joven veneciano llamado Marco Polo entra en Kashgar. Europa está a punto de reencontrarse con el Lejano Oriente.

               Entro en el mercado. 

Imagen de jBartroli

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.