La Ruta de la Seda (III): El objeto de tantos anhelos

       Multitudes ocupan la extensa explanada del bazar de Kashgar. Los altavoces sueltan músicas estrepitosas, los carruajes casi no pueden avanzar, el caos es general, el buen humor, también. Los comerciantes se distribuyen por zonas. A un extremo, los vendedores de madera y leña, encima de las pilas de troncos descortezados. A su lado, el mercado de animales: vacas y toros, asnos, cabras, yacs, gallinas y gallos, camellos y dromedarios.

         El público masculino se aglomera: los vendedores dejan probar los caballos y los posibles clientes hacen galopadas alocadas y frenazos violentos entre los espectadores, mientras los brutos relinchan y sacan espumajos.

         En el sector de la ropa, nueva y usada, mujeres con el rostro totalmente cubierto por una malla marrón venden medias femeninas, los copos de lana virgen vuelan como pelusilla desde las balanzas de los cardadores, buhoneros, vendedores de trastos viejos, vendedores de de ropa de fábrica o de vestuarios de las Mil y Una Noches, todos se aglomeran, el público pasa, chafardea, mira y compra. Más allá, la fuerte olor del cuero: pieles en bruto, curtidores, zapateros que toman medidas y en una hora acaban unas elegantes botas de montar, turbantes, gorros y sombreros, tantos tipos como etnias, kílims kirguizes de fieltro y alfombras uzbecas negras y rojas, los curiosos apenas si se mueven, chiquillos que venden helados y otros que corren jugando al aro, cestería de mimbre y baterías de acero inoxidable, hojalatas, puñales damasquinos, ciegos... 

         Comprar, vender. La actividad es frenética. De los puestos ambulantes de chiskebab se alzan olas de humo y olores sabrosas, a especias y a carne. Los panaderos sacan de los hornos de barro paletadas calientes de panecillos con forma de rosquillas. Hay chavales que ofrecen golosinas y refrescos. Hay comedores improvisados con mesas y banquetas de madera, manteles de plástico y grandes palanganas llenas de espaguetis cubiertos con salsa picante. Y todos airean a voces sus mercancías.

         Los mercaderes de tejidos han extendido su trapería entoldando callejuelas improvisadas; la luz se transparenta en las gasas rojas, turquesas, amarillas. Arco iris de lencería. Colores sorprendentes: añiles, índigos, rojos chillones y malvas, carmesíes... Paños estampados, damascos con flores labradas, brocados entretejidos con oro o plata, muselinas y terciopelos, brillantes textiles de nailon policromos, vivos, explosivos... Y, naturalmente, la seda.

         Ahí está el objeto de tantos anhelos. La seda, producto sublime, el lujo de los lujos. Seda satinada, frisada, tafetán, glasé... Tejido maravilloso: lustrosa y casi transparente y sin embargo más fuerte que la lana, ligera pero caliente, brilla como metal bruñido, es suave al tacto y se lamenta susurrando crujidos al agitarse. 

         Su origen se envuelve en leyenda y misterio. Por ella, los romanos pagan su peso en oro. A tal punto les enloquece, que el emperador Tiberio prohíbe que la usen los hombres, no sea que un lujo así lleve Roma a la decadencia, y Plinio el Viejo se queja de que es tan trasparente y lasciva que hace parecer desnudas a las mujeres. Los chinos guardan celosamente el secreto de su producción. En Roma solo saben que procede de Serica, el "Reino de la Seda", y piensan que crece como una pelusa en las hojas de los árboles.

          Marco anota todo lo que ve. En su cabeza comienza a germinar una idea: escribir para explicarlo.
Imagen de jBartroli

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