La Martinica, joya delas Antillas (4): Selvas y volcanes

La isla de la Martinica es mucho más que playas de arenas blancas y cocoteros: montañas empinadas cubiertas de verde lujuriante, volcanes en la niebla, selvas antidiluvianas, cascadas colas de caballo, acantilados feroces, caletas escondidas, minúsculos poblados de pescadores... Es suficientemente grande para albergar todo ello, y suficientemente pequeña para recorrerla en coche, vespa o bicicleta: 1.100 km2, solo 80 Km. de largo por apenas 15 de ancho.

La vespa es el transporte que he escogido y la Ruta de la Trace mi primera incursión: atraviesa el corazón volcánico de la isla. Nomás dejar la ciudad, las curvas empiezan a ascender la montaña. De repente, unas formas exóticas sobresalen por encima la densidad verde: son el cristo pétreo y las cúpulas del Sacré-Coeur de Balata, réplica en pequeño de aquel otro de Montmartre. De curva en curva, volcán arriba, la vegetación se densifica. Cubre ya la carretera con una bóveda oscura y densa. En un meandro del asfalto se me cruza corriendo una zarigüeya; en otro, saltan los sapos. Las libélulas se confunden con los minúsculos colibríes de vuelo de escarabajo. Y por las ramas corretean lagartos verdes con puntos negros y amarillos.

A medida que ascendía yo me he ido haciendo pequeño y los árboles más grandes. Los bambús y las caobas suben 25 metros; las balatas y los gomeros, 30; las palmeras reales y las ceibas, 40. Me rodea una pared impenetrable de helechos arborescentes y de marquesas como orejas de elefante, una maraña de enredaderas serpentinas que suben y ahogan los troncos y los bambusales polifémicos, de lianas colgantes, de musgos,  líquenes, algas y toda clase de flora parasitaria. Es una selva mesozoica en la que solo faltan los dinosaurios para que todo sea como hace 100 millones de años. 

Me paro en medio de un denso silencio y siento un escalofrío. Es un hondo frescor húmedo que llega con el murmullo de un arroyuelo, invisible allá en el fondo de la cañada bajo los helechos, las marquesas, las orquídeas, las mil variedades vegetales amantes de lo oscuro, lo mojado, lo oculto, lo enmarañado, lo podrido. Es un aliento frío que atraviesa la piel y los músculos hasta estremecer los huesos, que lleva encerrado el signo del misterio, el secreto de una existencia aún desconocida pero cuya sola presencia provoca un malestar, una sensación de incomodidad y alerta. No me extraña que los hijos de los esclavos poblaran la isla con fantasmas. Aquí, es fácil creer en ellos.

Después, la carretera desciende suavemente y recorre las tierras altas. En un claro, observo los pitons del Carbet –1.196 metros- envueltos en la neblina. Vuelvo a ver edificaciones, me rodean plantaciones de piña tropical, atravieso Le Morne-Rouge: casas a ambas orillas de la carretera. Y, por encima de la fragancia de los jardines, descubro las nieblas lejanas del Monte Pelée: el volcán de la muerte. La carretera prosigue, se suceden los pueblos llenos de buganvillas, hibiscos y tulipanes, desciende por un valle, y de repente, al fondo de una oquedad vegetal, aparece la inmensidad de terciopelo azul del Atlántico. 

Imagen de jBartroli

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