La Martinica, joya de las Antillas (3): Fort de France

Fort-de-France, la capital de la isla de la Martinica. En la cuadrícula de la ciudad vieja, abierta a la espléndida rada, muchas casas aún son de madera, las paredes pintadas de blanco, los marcos de puertas y ventanas de azul o marrón, los tejados a dos aguas. El moho del trópico ennegrece tejas y muros. Las croissanteries y boutiques son europeas, pero su decoración viva y desbocada, no. Francia y las Antillas se funden.

El calor se sobrelleva gracias al alivio de los alisios constantes. Camino al azar y me encuentro en el mercado de pescado, allí donde la calle Victor-Sévère desemboca en el río Madame. Cuando los pescadores remontan el río con sus barcas de colores, se produce un arremolinamiento de gentes, sobre todo mujeres, que entre gritos y bromas vacían las cestas del mosaico de atunes, langostas, dorados y otros peces con nombres altisonantes. 

Pero el mejor descubrimiento es el trópico concentrado bajo la gran nave metálica del mercado de verduras. En la fresca penumbra, inundada de voces, risas y olores, las vendedoras me interpelan para que me fije en sus papayas, sus mangos, sus piñas, sus enormes melones y chirimoyas. Hay lichís, hay guayabas, hay albaricoques del país y ciruelas de Citerea, y hay raíces de mandioca y de tamarindo, frutos del árbol del pan y una gama inusitada de bananas diferentes.

A un lado, las especias y fragancias, las barritas de cacao y la canela en polvo, la zarzaparrilla y las telas de arañas doradas del azafrán. Dentro los frascos de vidrio, cada uno con un letrero caligrafiado, un universo de promesas: nuez moscada, clavo, comino, cilantro, aceite de pescado, aceite de coco, jarabe de pie de buey, esencia de vainilla, ricino para purgar, "medicación para el despertar", "tisana para el hombre fuerte", "elixir para el mal de amor"... Me dejo festejar por las vendedoras, vestidas con las tradicionales faldas de Madrás coloreado y el pañuelo estampado anudado sobre la cabeza: un nudo, corazón a tomar; dos nudos, corazón tomado; tres nudos, tomado pero no importa, hay lugar para más. Es el lenguaje del amor en la isla. Y me explican remedios para todos los males, me enseñan libros de ritual de magia blanca, y me ofrecen elixires para vencer la resistencia de la muchacha que halla tomado mi corazón. Caribe auténtico.

También lo es, por desgracia, las bidonvilles que escalan las laderas de los pitons del Carbet: tentáculos que  invaden la selva. Un día, me pierdo a sabiendas por ellas, con la vespa. Aquí se concentra el paro. Las ayudas sociales francesas, abundantes, evitan el hambre, pero no proporcionan esperanza. No es el Tercer Mundo, pero se acerca.

Francia queda lejos. Pero la reencuentro al otro lado de la bahía, con un salto del transbordador: La Pointe du Bout. Es el principal centro turístico, con sus hoteles de lujo y cabañas baratas en la playa, su marina artificial, sus apartamentos, boutiques de prèt-à-porter y jardines floridos... Lo más chic. Aquí, son blancos la mayoría de los que se tuestan en la cubierta de los yates y en las piscinas, los que venden y compran en las tiendas de souvenirs, los que comen en los restaurantes. Es el destino de buena parte de los visitantes.

Imagen de jBartroli

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