La Martinica, joya de las Antillas (2): El orgullo de la negritud

Un pasado de ancestros arrancados de forma violenta y trasplantados como esclavos a una tierra extraña no se olvida fácilmente. Marca por generaciones. En la isla de la Martinica, la esclavitud fue abolida definitivamente el 1848. Pero los esclavos liberados continuaron viviendo en lo más bajo del escalafón colonial. La lucha por los derechos continuó, con periódicas insurrecciones. En 1946, un decreto convirtió la Martinica en un departamento de ultramar: tan francesas como París, decía la ley. Los descendientes de los esclavos estudiaban en el colegio aquello de "nos âncetres, les gaulois", las mujeres se gastaban los ahorros en potingues para alisar los cabellos rizados y cremas para descolorar la piel, y las familias ricas solo casaban los retoños con quien tuviera la tez más pálida que ellos. La negrura se consideraba como una carga difícil de sobrellevar.

Hasta que un día Aimé Césaire escribió su largo poema Cahier d'un retour au pays natal. Decía cosas nunca oídas por estas latitudes, cosas como ésta:

"Acepto... acepto... enteramente, sin reservas....

mi raza que ninguna ablución de hisopo y de flor de lis mezclados podría purificar,

mi raza roída de máculas"

Un negro se convertía en poeta y se atrevía a reinvindicar la negritud como un valor, con orgullo, vanagloriandose del pasado de esclavitud, de sufrimiento y de miseria, rechazando la asimilación cultural, renegando de los negros que querían ser blancos. Con los años, Aimé Césaire se convirtió en alcalde sempieterno de Fort-de-France y en el político más respetado de la Martinica, hasta su muerte el 2008. Y lo que en los años cuarenta parecía una provocación hoy es la normalidad. Nadie se averguenza de su color.

Imagen de jBartroli

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