La Martinica, joya de las Antillas (1): Francia en el Caribe

Recién llegado en avión a la isla de la Martinica, el visitante se siente golpeado por la pegajosa humedad tropical. La autopista está colapsada. Las señalizaciones, en francés, indican que se entra en Fort-de-France. Concesionarios de coches, grandes supermercados, bloques bajos de viviendas, paneles publicitarios..., lentamente, el taxi se adentra en los suburbios de una capital de provincias francesa. Pero hay algo que no cuadra: la vegetación selvática que irrumpe por los rincones vacíos, los cocoteros, esa luminosidad cegadora que se desparrama desde el cielo, el azul y el verde brillantes, el sol de fuego... y esa negritud en casi todos los rostros. ¿Francia? No, pero tampoco África. Es el Caribe. Un Caribe luminoso, sensual, explosivo, caliente como todos, latino, aunque no hispano sino francoafricano y criollo. El visitante ha llegado a la Martinica, una de las islas más bellas de las Antillas, sino la que más.

Cristóbal Colón descubrió la Martinica en 1502. Pero no encontró ni oro ni plata, y los castellanos se desinteresaron. La colonización la iniciaron los franceses, en 1635. Los indios caribes, que la llamaban Yunacaera -"Isla de las Iguanas"- y Madinina -"Isla de las Flores"- fueron exterminados o huyeron a Dominica, y los colonos convirtieron la isla en una plantación: caña de azúcar, vainilla, tabaco, índigo, cacao. Y para trabajarla, trajeron esclavos de África.

Por eso hoy la mayoría de los martiniqueses son negros o mulatos. Hay todavía unos 2.600 békés, descendientes de los colonos blancos: siempre han conservado el poder económico. Son una élite nostálgica de otros tiempos, aislada en la aristocracia de su linaje, que se siente profundamente martiniquesa y habla el kréyol -francés criollo- pero se mantiene alejada tanto de la población de color como de los metros, los europeos que llegan en alud de la metrópoli.

En cierta forma, los martiniqueses aún se sienten como extraños en su isla. Sus ancestros fueron arrebatados de la sabana y de la selva africanas y trasplantados a esta tierra nueva, sin los animales, árboles, ríos y dioses familiares, poblada por fantasmas desconocidos. De su universo de realidades y símbolos solo quedó un vago recuerdo. Y aún hoy, los fantasmas llenan la noche de apariciones: diablesas, zombis, bolas de fuego, animales de rasgos humanos. Tras la caída del sol los martiniqueses se parapetan dentro sus casas y se protegen con la magia de brujos y quimboiseurs.  Ellos median entre el mundo de los vivos y el de los espíritus y preparan el quimbois, el filtro mágico que tanto aporta la felicidad al comprador como la desgracia a su enemigo.  

Imagen de jBartroli

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