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La Gran Muralla China (y V): El corazón amarillo

          Fue desde los trigales de las orillas del río Amarillo que la civilización china se fue expandiendo hacia el este, hasta Pequín y el mar, hacia los arrozales monzónicos y cálidos del sur, hacia las montañas y tierras fértiles del Sichuán. Esta es una China que come fideos y panes hervidos en vez de arroz. Que aprovecha el más ínfimo rincón de tierra para plantar un huerto, para hacer crecer unos nabos o unas cebollas. Una China que 3.500 años de historia ha poblado de templos y monasterios, de Budas gigantes y de ciudades amuralladas y, desde hace mucho menos, de chimeneas humeantes de minas y fábricas. Al este, los desiertos de Gansú, la meseta de Shaanxi, valles y terrazas secos, bosques escasos y menudos, inmensa quietud después de la lluvia en la montaña. Al este, la gran llanura, paisajes infinitos: el horizonte plano solo es partido por las hileras de chopos que separan los campos. Vastos mares de brumas tiñen los días de tristeza. Y todo a lo largo, el río, la principal vía de comunicación: los anocheceres cubren de seda sus aguas. Y la muralla: vista desde el aire, o desde un altozano cercano, parece una serpiente de lomos erizados cabalgando por encima de cerros y lomas, zigzagueando por laderas verdes y valles, enfilando recta llanuras y desiertos.

         Hoy día, una buena parte de este "corazón" de China se está quedando atrás. El país está en plena modernización agrícola e industrial, el comunismo llega a extrañas componendas con el capitalismo más salvaje y crea una nueva sociedad -quien sabe si la primera potencia mundial del futuro. Pero las provincias interiores del Río Amarillo no pueden subirse al tren de la modernización agigantada. Sus tierras montañosas y sedientas son demasiado pobres, sus cosechas demasiado magras como para dar beneficios que reinvertir en la mecanización, su agricultura es solo apta para la subsistencia, y, a demás, quedan lejos de los nudos de comunicación.

         Las provincias de Gansú, de Ningxia, de Shaanxi y de Shanxi desbordan cada año millones de campesinos empobrecidos o sin tierras sobre las capitales provinciales, donde algo de industrialización si llega, a las provincias costeras, a Pequín, Tianjin y Shanghai. Y, paradojas de la historia, también al lado norte de la muralla, a las provincias de la antigua Manchuria, donde el carbón y el acero han creado grandes complejos industriales.

         Como antaño los nómadas en pos del horizontes, ahora son los campesinos sedentarios quienes abandonan el terruño que sus ancestros han ocupado durante uno o dos milenios, para partir en pos de una nueva vida en el espejismo de los escaparates y de los sueldos de las grandes ciudades de la costa. Una cuarta parte de la población de Pequín no tiene residencia fija. Y crece hacia el cielo: la ciudad es un ahora un vértigo de rascacielos de cemento y vidrio. La preparación de los Juegos Olímpicos será la sentencia de muerte de los hutong, los barrios de casas bajas con patios construidos con ladrillos. Uno tras otro desaparecen y sus habitantes van a parar a rascacielos de las afueras.

         Otra gran muralla surge ahora en China, la que Mao intentó evitar sin conseguirlo aún a costa de millones de vidas, una muralla más sutil pero igualmente visible: la muralla entre la costa rica y el interior pobre. Una muralla que los turistas nunca podrán visitar.

Imagen de jBartroli

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