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La Gran Muralla China (I): Un fuerte en el desierto

         Tierra y cielo tienen el color del polvo que el viento trae, una tonalidad de amarillo deslucido, una aspereza terrosa en la boca, una sequedad nasal de bruma polvorienta. El vecino desierto del Gobi amenaza con tempestad de arena. Y en esta llanura de tierra seca con aspecto de ceniza fina, de grano diminuto, una línea fortificada se desvanece hacia el este, en la calima ocre y mate del horizonte: es la Gran Muralla de la China

         La Gran Muralla nace a orillas del Mar Amarillo, fuerte y poderosa pero, tras recorrer 8.800 kilómetros, llega hasta aquí muy cansada. En realidad, ya solo es una pequeña muralla desgastada por el tiempo y el descuido, a tramos caída; un muro de adobe enflaquecido de tres metros de alto por dos de ancho al que cualquiera puede encaramarse sin dificultad.

         A espaldas del mar lejanísimo, hacia el oeste, el lomo seco del muro conduce al fuerte Jiayu. El primer emperador Ming lo ordenó construir el 1372, en medio del desierto, para marcar el extremo occidental del imperio restaurado. El bastión, perfectamente conservado, está defendido por varios cuadrados concéntricos de murallas de ladrillo de diez metros de alto y torreones de vigía de hasta diecisiete. De su interior se alzan bellas torres con columnas de laca roja y tejados de alerones levantados. Macizo y poderoso, Jiayu pretendía demostrar a los nómadas díscolos el poderío del imperio, y protegía el paso estratégico entre los montes Qilian y la montaña Negra de la cordillera Mazong. Por aquí, las caravanas de camellos lanudos cargados de seda salían de China camino del desconocido Occidente.

         Hoy al fuerte lo visitan turistas japoneses, viajeros europeos y soldados chinos que vienen a merendar con gafas de sol plastificadas y radiocasetes, el volumen al máximo. El sol es pesado. Desde sus almenas se ve relucir la nieve de las cimas de los montes Qilian sobre el desierto caliente. En una estela, fuera de la puerta, está escrito este mensaje: “Mirando hacia el oeste vemos la larga, larga ruta... ¿Quien no tiene miedo del vasto desierto?" Los chinos lo tenían. Más allá del fuerte comenzaba, para ellos, el mundo exterior, justo aquello por lo que sentían vértigo: el vacío de las tierras ignotas.

         Entorno al fuerte de Jiayu, entonces y aún ahora, había los nómadas. "Mirando las estrellas estoy, tengo la tierra por almohada", cantaba Gengis Kan en El Libro Secreto de los Mongoles. Amor a las amplias distancias, sienten los jinetes: lo opuesto al campesino. Frente al nómada que persigue el horizonte, el sedentario nostálgico por el hogar perdido. Y en medio, para separarlos, una muralla.

       

Imagen de jBartroli

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