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Hokkaido antes de la última luna de otoño (II)

         Lo que me atrajo a Noboribetsu no es la bondad de sus aguas sinó el interés por conocer de cerca una etnia con aureola de misterio. Un teleférico me lleva por encima del bosque hasta la cima de Kumayama, la "Montaña del Oso" Allí hay un poblado de casas de ramas y bambú. Y ainos.

         Aino significa, dicen, hombre. Los ainos son desde hace más de dos mil años los habitantes de Hokkaido, un pueblo de cazadores, pescadores y recolectores. Hasta el siglo pasado vivían en pequeñas comunidades independientes, en armonía con la naturaleza, y los japoneses solo ponían pie en la isla para comerciar con ellos: en realidad aborrecían venir a estas tierras frías tan distintas a las suyas, habitadas por gentes a las que consideraban salvajes.

        Ahora, en la cima del Kumayama, asisto a la repetición de una de sus ceremonias: la fiesta del dios oso.  En el interior de una de las cabañas, unos ancianos y unas mujeres cantan y bailan con sus trajes tradicionales entorno a un osezno atado a un palo. A horario fijo. Quizás para ellos sea ya la última posibilidad de recordar ritos que les nacen de muy hondo. Sin embargo no puedo evitar una descorazonadora impresión de pantomima. Los turistas japoneses ahogan la penumbra con los flashes. Me resisto, pero acabo cediendo, también. Al salir, se fotografiarán disfrazados con trajes ainos, riendo.  

        Después, asomados al foso donde un centenar de osos pardos se amontonan pidiendo patéticamente que les echen comida, los turistas ríen otra vez. ¿Quizás satisfechos de comprobar que también en Hokkaido empiezan a tener la naturaleza domesticada? Sorprende que un pueblo con tanta capacidad para experimentar la belleza de la naturaleza caiga en la sensiblería, convierta los animales: osos, ciervos, ballenas... en juguetes -en "monerías"- y a la vez pueda ser tan cruel con ellos, incluso exterminándolos.

        Vine al Monte del Oso buscando los ainos y me los encuentro convertidos en atracción de barracón de feria. Es el resultado final del último siglo de historia. El comercio desigual con los japoneses, los diezmos en pieles que les impusieron y las acciones militares de castigo empobrecieron los ainos y provocaron su decadencia. Entonces vino la revolución Meiji: el Japón decidió modernizarse siguiendo el modelo occidental. Hokkaido cobró de repente importancia: tenía carbón, madera, pesca y, lo que más escaseaba, tierra libre.

        En 1869 el gobierno creó la Comisión de Colonización. Primero se envió a samuráis rebeldes, delincuentes y burakumin -miembros de la casta de los parias- Después, para atraer a los emigrantes, se cambió el  nombre tradicional de la isla, Yesogashima o Ezo, "Gente extranjera que vive en el norte", por el más atractivo de Hokkaido: "Ruta del mar del Norte" Y se llamó a técnicos extranjeros para que aplicaran el modelo de colonización norteamericano: grandes explotaciones agrícolas y ganaderas,  instalaciones portuarias y mineras, pesquerías. Sapporo se fundó en 1869. Hoy sobrepasa 1.700.000 habitantes.

        Aunque con menos violencia, los ainos conocieron una suerte similar a la de los indios en América del Norte. El gobierno les quitó la tierra, les prohibió caza y pesca, les obligó a adoptar lengua, costumbres y vestidos japoneses. Los turistas ríen y se hacen fotos, pero todavía hoy el Japón no los reconoce como pueblo.

         Comprendo que los ainos son página del pasado o, al menos, que lo es la idea que yo perseguía de ellos. Y llego hasta el lago Shikotsu. Encuentro el verano como huido ya, y  octubre que tiñe y desnuda el bosque. La luz menguante difumina de violeta los conos volcánicos de la otra orilla, evapora de naranja el cielo y enciende de un morado denso de vino las aguas del antiguo cráter. El ocaso empalidece y me emborracha. Por la noche, el cielo limpiado por el aliento puro del bosque, metálico, afilado, multiplica el temblor rutilante de las estrellas. Ya sin ansias por la quimera de un pueblo desvanecido, me queda Hokkaido.

         Conformado, el espíritu se predispone a lo que le salga al encuentro. El tren remonta la mañana hacia el norte. Ramas de humo, mustias nieblas. Octubre gris. Las montañas a mi espalda. Llanuras de horizontes difuminados, granjas lecheras, silos, grandes plantaciones: patatas y remolacha azucarera. La hierba se doró en septiembre. En este extremo noroccidental de la isla, el viento recio mantiene lejos los árboles. La bruma hace mas fuerte la soledad. Los cisnes vuelan hacia el ocaso.

         Sarobetsu, dunas y marjales. La playa a la luz que decae...  Me gustaría pasear sobre las dunas en el tiempo de las flores. Pero ya no volverán hasta primavera -y con ellas, las inundaciones-. Más allá de la orilla, la geometría de un volcán emerge del mar. La isla Rishiri. Es una silueta inquietante y  fascinante. Un cara a cara con el poder y el misterio de las fuerzas telúricas que nos hacen tan pequeños. La paz en un rincón de la tarde. La riqueza de un viaje es la suma de sensaciones.

         Un pueblo pesquero, gentes sencillas, trabajo duro. Pero el mar es muy generoso. Las corrientes frías alimentan grandes bancos de pesca. Hokkaido da el 20% de toda la del Japón: caballa, abadejo, bacalao, pulpo, calamar, y lo más sublime: cangrejo gigante y erizos de mar. Los arenques desaparecieron súbitamente en los años cincuenta: un aviso de como el mar responde cuando se abusa de su generosidad. Cerca de las barcazas las mujeres, abrigadas con impermeables, guantes y pañuelos en la cabeza, vacían y limpian las redes larguísimas. Ahora están con el salmón. En el aire, su olor es la olor de este tiempo.

Imagen de jBartroli

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