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Hokkaido antes de la última luna de otoño (I)

        Los bosques oscuros de coníferas mueren en las playas solitarias, separadas por roquedales negros que penetran en el azul espeso del mar. Son playas salvajes, llenas de troncos y escombros traídos por las olas.

        Después el paisaje se humaniza. Entonces atravesamos extensos campos de cultivos y prados con vacas y caballos. Hay un pueblo de pescadores con casas de madera y un puertecito con sus barcas. Y otra vez el vacío de las playas, quilómetros y quilómetros. Reencontramos el bosque y el tren se adentra en él. Los puentes salvan ríos fogosos y arroyos turbulentos entre sauces y alerces. Ahora la vía corta como un cuchillo la umbría de un hayedo. Ahora, un bosque de robles y abetos. En los claros veo como el tren nos lleva hacia los lagos azules donde se reflejan los volcanes que suben hacia el cielo.

         ¿Qué tierra es ésta donde la silueta de los caballos corre libre por los prados? Si giro la cabeza y miro hacia adentro, veo pasajeros japoneses ensimismados en sus diarios y en sus mangas. La primera impresión es que paisaje y pasaje no se corresponden. Y es que afuera, tras la ventanilla, está Hokkaido, el otro Japón.

         Hokkaido es la más septrentional de las cuatro grandes islas del Japón: el 20% de la superficie pero solo el 5 % de su población. Su esqueleto son dos cordilleras de volcanes activos. Sus venas, ríos de verde esmeralda que descienden entre cascadas y saltos rugientes. Su piel, bosques de abetos, pinos, alerces, hayas, robles y arces que la cubren en un 70 %. Y su personalidad la marca una meteorología extrema con inviernos tempestuosos de nieve y hielo.

          Anoche atravesé en transbordador el estrecho de Tsugaru que la separa de la isla de Honshu. Atrás quedó el Japón de las multitudes compactas, de las urbes sumidas al ritmo del siglo próximo, de los arrozales diminutos en terrazas, y hasta de la paz artificialmente recreada en los jardines estilizados de los templos. Entro en una tierra de grandes espacios y poca gente. Lo que en el sur es orden aquí es caos natural, y lo que allí está domado por mano humana desde siglos aquí es naturaleza desatada, sin intermediarios, azar absoluto. Naturaleza en crudo.

        Me apeo en Noboribetsu. El rastro de una olor a huevos podridos me guía hasta una vieja caldera yerma. Las solfataras expelen el aliento fétido del vientre magmático de la Tierra. El ruido es inquietante y los vapores acaban por rodearte y producir vértigo. El azufre ha envenenado el suelo. No es estraño que este caos mineral de ocres, amarillos, grises, rojos oxidados y violetas ferruginosos sea llamado Jigokudani, "Valle del Infierno". Muy cerca, una capilla budista vela por que los demonios no se desparramen por el valle.

        Luego el camino bordea una colada de barro hirviente entre hayas púrpuras, premonición del otoño. Desde lo alto contemplo las aguas de cristal azul de un lago circular: es Kuttara-ko, un volcán dormido. Sopla el viento y el espejo liso se turba con trémulas irisaciones. Las aristas arboladas del cráter se recortan contra otro azul, difuso y lejano: el océano Pacífico.

            En Hokkaido la actividad volcánica rompe la corteza terrestre por todas partes con volcanes, solfataras y fumarolas. También con fuentes termales, y como los japoneses son unos apasionados de los baños de agua casi hirviendo, los balnearios son docenas y los turistas, millares. Por la calle principal de Noboribetsu-onsen, mujeres en kimono y jubilados en albornoz corren a pasito corto entre los balnearios y su hotel de lujo. Mi albergue de juventud es más modesto, pero me gusta así: un futon para dormir sobre el suelo de madera, puertas de papel de arroz, y un ikebana o arreglo floral como decoración.

         También yo visito un onsen: el del hotel Dai-ichi Takimoto. El baño japonés, como todo aquí, sigue un ceremonial riguroso. En la gran sala los termalistas se sientan desnudos en un tamburete, recatadamente cara a la pared, y con ayuda de duchas de teléfono, palanganas, jabón y un trapo, se limpian a fondo. Solo entonces pasan a las piscinas de aguas cargadas de minerales beneficiosos, a distintas temperaturas. Al inmergirse, el extranjero sentirá la dolorosa sensación de abrasarse. Los japoneses en cambio están acostumbrados a resistir casi el punto de ebullición. Los baños calientes se alternan con el agua fría de la piscina de la planta inferior. El baño es un lugar de sociabilización y por eso tiene salas donde relajarse con los amigos: te, conversación, televisión... Pero la etiqueta japonesa es estricta y, ahí, el viajero solitario vivirá su soledad.

Imagen de jBartroli

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