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Granjeros osados, mares de colinas verdes (III): Hielo en los manzanos

         Mañana de invierno. Unos grumos de bruma flotan a ras de suelo en el fondo del valle entorno los campos de la orilla del río, y alguno decide emprender el vuelo y se desliza rápido por media vertiente de la sierra del Te Mata. Enfundado en el pasamontañas y los guantes, camino de prisa siguiendo los talones de Bruno. Hoy trabajará los manzanos, en un bancal del río.

         Jeremiah, el chico joven que le ayudará, ya está allí, pantalón corto, jersey y pasamontañas rojo. Bruno está orgulloso de su manzanal.

         -Obtengo 750 toneladas al año, 130 kg. por árbol.

         Tienen que aguantar las ramas con alambres para que no se rompan por el peso. Han traído una escalera mecánica móvil para subirse y podar las ramas. De las yemas cuelgan pequeños témpanos de hielo, que a contraluz brillan como diamantes. El suelo de hojas secas cruje al pisarlo. A mi me ha parecido verle más amor cuidando y podando y mimando sus manzanos que atendiendo las ovejas que acababan de parir.

         Les dejo, y paseo. El río crea bellos paisajes de meandros lentos, de rocas, de orillas de cantos rodados, de arboledas, de campos de alfalfa. Los vallados de espino cortan en diagonal las laderas y los prados. Docenas de viejos árboles sin hojas, de troncos retorcidos, conceden madurez y una gran elegancia al paisaje. Entiendo que Bruno se sienta orgulloso contemplando la belleza idílica de sus tierras. Y me pregunto. ¿Cómo habremos hecho el mundo de complicado para que cuidar una tierra tan fértil y bella sea rentable con tanta dificultad?

Imagen de jBartroli

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