Fascinación por Tierra del Fuego (VIII): El lago encendido

      El verano parece acabado y Tierra del Fuego se prepara para el largo invierno. Pronto los bosques de lenga y ñire comenzarán a pardear. Será el breve triunfo de la púrpura. De momento, los hayedos verdes y umbríos cubren aún los márgenes de la carretera cuando, tras salir de Ushuaia, y tras un breve costeo de la bahía, subo la sierra enfilando el río Olivia. Traspasada la primera cadena de montañas, la carretera bordea el río Larsiparsalik por un amplio valle glaciar. Casi en la cabecera esté el Valle de los Huskies. Allí esperan ansiosos el invierno para que les traiga los turistas que buscan deportes de aventura y nieve. Unos hermanos de apellido italiano han instalado un centro de cría de huskies esquimales, y organizan excursiones con trineo de perros y paseos de esquí de fondo sobre la turba helada. En este valle interior, la nieve se queda de mayo a noviembre.

         El turismo parece como la gran esperanza de muchos fueguinos. Juan, el muchacho que cuida los huskies, llegó hace pocos años del norte y ahora por nada del mundo dejaría estas vastedades ni estos perros. Me lleva a un paseo a pie por las turberas y, por el camino, me enseña como caza la drosera. Agarra un escarabajo y lo deja caer sobre los pelos largos y rojos de una hoja de la planta, y los pelos vegetales aprisionan el animal. La drosera es una planta insectívora de dos a cuatro centímetros que crece en los turbales.

         También me enseña el mal que provocan los castores. Aquí y allá, el paisaje está salpicado de islas pardas: son bosquetes muertos. La huella visible de la plaga de castores. Su introducción en los años cuarenta del pasado siglo ha sido catastrófica, pues en esta tierra que no es la suya carecen de enemigos naturales. Se calculan que hay unos 40.000 en la Isla Grande, pero seguramente son muchos más. En Canadá, de donde provienen, comen álamos blancos que en diez años maduran y cría. Aquí comen hayas, que no maduran hasta los ochenta años; éste es un bosque que se regenera muy lentamente, y ellos le hacen mucho daño. Además, con las presas que construyen empantanan los arroyos y los árboles de los lugares que se inundan mueren por exceso de humedad.

         La Ruta Nacional nº 3 continúa un buen trecho por el valle y luego remonta las sierras Alvear y Lucas Bridges. Son los llamados Andes Fueguinos: bosques en las laderas bajas y tundra de líquenes y roca en las cumbres. La carretera los salva por el paso Garibaldi, a 430 metros de altitud: que no se descubriera hasta el año 1934 da fe de la soledad y aislamiento de Ushuaia, hasta entonces conectada al resto del mundo únicamente por mar. Desde el paso se alcanza la vista panorámica panorama sobre el lago Escondido y, más allá, el Fagnano.

         El lago Fagnano, que los indios llamaban Kami, no se hiela, el Escondido, sí. En estos valles tramontanos, los otoños son esplendorosos y cortos, los inviernos, cristalizados. Hacia el oeste, la cordillera es una soledad de hielos. Apenas nadie recorre estos parajes. Y las lengas tristes susurran al paso de los fantasmas de los antiguos cazadores onas.

         A finales del verano hay anocheceres cuando el lago se viste de brasas rojas y rosas. Es un estallido de fuego vespertino que solo dura unos minutos. Algunos ancianos, me dicen, son capaces de predecir, con días de antelación, cuando se producirán. Después, mientras ceno detrás de los ventanales de la hostería Kaikén, la luna anda por el lago. Y cuando acabo y salgo fuera a oler el aire frío, la Cruz del Sur y Orión parpadean en el cielo.

         La mañana se levanta azulgrís, y las montañas verdiazules que delimitan el lago por la otra orilla, al norte, parecen harinadas de una ligera escarcha. O quizás sean neblinas apresadas por los árboles, como las hiladuras blanquinosas que flotan sobre la llanura de la turbera, a levante. A primera hora, camino por la orilla, entre turba y marismas y árboles muertos, y saludo los pescadores de caña que esperan una trucha. La playa está llena de ramas. Los azules vivos del cielo parecen hoy más altos y las nubes se deshacen en formas largas y estilizadas. En el lago hay cormoranes, petreles, pardelas y, a veces, cuando el viento azota el mar, lo sobrevuelan albatros ojerosos. Veo también el cabecigrís, otro kaikén, y la bandurria, una zancuda que anda claqueando por los caminos.

Imagen de jBartroli

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.