Fascinación por Tierra del Fuego (IV): El penal y su leyenda

          Durante aquellos últimos años del siglo XIX, Tierra del Fuego solo atrajo algunos aventureros trotamundos en una breve fiebre del oro -el más famoso, Julio Popper, rumano de origen-, cazadores de leones marinos y ganaderos ovejeros que, con presteza, se adueñaron de las mejores tierras.  

         El destino de Ushuaia lo marcó la decisión del gobierno argentino de instalar un presidio. El modelo era la colonización de británicos y franceses en Australia y Nueva Caledonia. El primer intento, el presidio militar en la Isla de los Estados, fracasó por las condiciones infrahumanas en que vivían los condenados. En 1902 se les trasladó a Ushuaia, donde ya habían llegado otros penados, y los mismos reos comenzaron la construcción del penal. Por entonces la población tenía 40 casas. Cuando se acabó en 1920, el penal contaba con cinco pabellones y 380 celdas unipersonales. Pronto se abarrotó con hasta 800 prisioneros, desde los asesinos más peligrosos a simples estafadores, delincuentes comunes y presos políticos. Trabajaban en talleres de imprenta, fotografía, sastrería, zapatería, carpintería y varios oficios más. Y los que demostraban buen comportamiento obtenían el más preciado de los premios: poder salir cada día del ahogo de los muros de piedra para trabajar fuera, a cielo abierto, en las tareas más duras: la construcción de puentes y calles o talando árboles en el monte Susana. Los penados recibían una pequeña paga para que pudieran ahorrar y, al acabar la condena, se les ofrecía un trozo de tierra por si querían establecerse definitivamente en Tierra del Fuego.

         Fue el presidente Juan Domingo Perón quien cerró el presidió en 1947. Tras ser durante un tiempo base naval, hoy es un museo. Levantado con roca basáltica, su mole gris es uno de los símbolos de la ciudad.

         El Pabellón 1, llamado "ala histórica", conserva el entrepiso y las barandas de madera originales. Mis pasos retumban dentro de tanto hueco encerrado. La historia del penal está ahí: las pasarelas, las estufas, al ajuar espartano de las celdas, los graffiti, los poemas de amor y libertad de los presos, las fotos en blanco y negro. Dentro de estos muros también se forjó la leyenda de Tierra del Fuego. Hay que reconocer que los ingredientes no faltaban: un presidio unido al mundo solo por un barco al mes, férrea disciplina, torturas, fugas novelescas. Leo las historias heroicas de algunos reos, como el anarquista ruso Simón Radowisky, condenado por asesinar al jefe de policía de Buenos Aires, que se fugó en una goleta fletada por compañeros de la capital; consiguió llegar a territorio chileno pero fue descubierto medio muerto de hambre y devuelto a Argentina.

         Los presos más famosos -el ruso Simón o "Petiso Orejudo", el asesino de niños de nombre real Santos Godino- aún están ahí, dentro de sus celdas, convertidos en maniquíes con sus uniformes cebra de franjas amarillas y negras.

         El Museo Marítimo y del Penal tiene otras secciones. El Pabellón 4 alberga el Museo Marítimo de Ushuaia. Dentro de unas urnas de cristal, como dormidas para siempre, están las maquetas de los bajeles más habituales que se usaron en la navegación del estrecho y del cruce del Cabo de Hornos: desde la carraca Trinidad de Magallanes hasta el bric Beagle o la corbeta Uruguay, pionera en las expediciones antárticas argentinas. Si no recuerdo mal, están hechas, todas, por el mismo preso que de este modo llenaba sus horas muertas con un poco de libertad marina en miniatura. Hay también una buena colección de mapas antiguos de Tierra del Fuego. En un patio, se puede contemplar la reconstrucción a escala natural de una maqueta del Faro del Fin del Mundo, aquel que Jules Verne inmortalizó en una novela. El original estaba en la Isla de los Estados, el extremo de los extremos.

         El penal también acoge salas dedicadas a los loberos que cazaron los lobos marinos hasta casi su exterminio, y a los indios canoeros, como se llamaba a los yámanas. Otra galería está dedicada a las expediciones a la Antártida y a la vida en las bases argentinas. Ushuaia es, ahora, la puerta argentina al continente blanco: la Antártda

Imagen de jBartroli

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