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Espía en una base rusa en el extremo de Siberia

           Soy una persona bastante tranquila y la aventura por la aventura no es lo mío. Ello no impide que, viajando, las haya visto de todos los colores. Mi única disculpa es que no fuera yo quien buscara los líos. Como la vez que me vi convertido en espía en una base militar rusa de las Kuriles, una de las fronteras más remotas de Rúsia.

           Había llegado el día anterior a la isla de Kunashir, aituada al norte del Japón, entre el océano Pacífico y el mar de Ojotsk. Me acompañaba un guía que había conocido en Sajalin: Sacha, joven emprendedor que acababa de regresar de una beca en los Estados Unidos y quería montar una agencia de trekkings. Pretendíamos instalar nuestra tienda junto a un afluente del Lesnaya, en el espeso bosque que rodea el volcán Mendeieva. Pero llevábamos varias horas de oficina en oficina y no nos daban los permisos. Aparentemente, el camino pasaba por el interior de una base militar.

            En un último intento, habíamos hecho autoestop hasta la base y Sacha había entrado para tratar de convencer al comandante. Me quedé esperando en la cabina de guardia, bebiendo un vasito de vodka tras otro para no ofender la hospitalidad rusa del cabo. Tras una hora larga, Sacha regresó muy enfadado pero acompañado de un amigo con quien se había encontrado y que allí cumplía su servicio militar: Kola, se llamaba.

           -Ponte la mochila, camina rápido y sobre todo no abras la boca.

           Quizás porqué soy un poco lento de reflejos, quizás porqué los vodkas hospitalarios habían efectado algo mi cerebro abstemio, el caso es que Shacha y su amigo se metieron en la base sin darme tiempo a preguntar más, y les seguí. Comenzaron a caminar aprisa aprisa entre los barracones militares. Yo intentaba poner mi mejor rostro de ruso y no me atrevía ni a girar la cabeza. Empezaba a darme cuenta de todas las consecuencias de nuestros actos: estábamos atravesando clandestinamente una base militar rusa, ¡por la cara! Mi corazón protestó con sonoros latidos. Metido al fin en un hangar para tomar un respiro, escondidos detrás de unos barriles, me instieron:

          -Sobre todo hemos de evitar que nos vea ningún oficial. Por los reclutas, no hay problema. Ninguno se atrevirá a preguntarnos quienes somos. Pero no hables inglés: aquí, cualquier extranjero es un espía.

          ¿Se burlaban de mi? Para colmo, el cabeza de chorlito de mi guía Sacha iba vestido nada menos que con un uniforme de camuflaje de paracaidista  norteamericano, que le habían regalado en California. ¿Quién iba a creer que no éramos espías, si nos pillaban?

          No había más remedio que continuar. Llegamos hasta una alambrada, la atravesamos, nos metimos en un bosque y pensé aliviado que todo había acabado. Pero me equivocaba. Subíamos la pendiente de un barranco cuando Kola, que iba delante, se paró en seco. "¡Ya está, nos han cogido!", pensé. Fueron segundos terribles. Se quedó inmóbil, y luego prosiguió. Una vez arriba le oímos hablar con alguien a quien no veíamos. Sacha y yo nos arrambamos a los árboles, pero era imposible esconderse. Me pareció que Kola intentaba evitar que los otros continuasen el camino. No lo consiguió, porqué al poco dos reclutas bajaron cargando una garrafa. Pasaron a nuestro lado sin inmutarse, y desde arriba Kola nos pidió que le esperáramos mientras buscaba un vehículo:

          -Es demasiado peligroso continuar a pie.

         Ruido de motores. Kola reapareció para decirnos que corriéramos. Unos soldados nos miraban desde su garita. Saltamos dentro de un jeep con capota, metiendonos como podimos con las mochilas. En los asientos delanteros iban tres reclutas, casi críos. Arrancaron a toda pastilla. Kola me susurró que íbamos por el campo de tiro. No hacía falta: corríamos por una franja abierta en el bosque a golpe de cañón,  con árboles despanzurrados y la tierra reventada. Por todas partes había carcasas de vehículos militares semicalcinados. ¿Quedarían bombas por estallar? En todo caso, saltábamos alocadamente por los cráteres como si temieran que en qualquier momento fueran a comenzar las prácticas de tiro. Mentalmente, intenté convencerme de que no serían tan locos como para meterse por allí a la hora de las prácticas... ¿Lo serían? No sabía hacia donde íbamos ni él por qué de la carrera, y no podía preguntarlo para no delatar mi extranjería.

          Diez minutos infinitos después nos apeamos, dieron algo de dinero a los reclutas, y Sacha, su amigo y yo entramos en el bosque. Aún tuvimos que atravesar una durísima pista de entrenamiento militar: lodazales, pendientes que había que bajar con cuerdas y juncales impenetrables. Y, de repente, llegamos a un claro con restos de una hoguera, un riachuelo tranquilo y unas balsas de aguas termales. Podíamos por fin instalar nuestro campamento. 

           Sacha me dió la buena noticia: había pasado el peligro. Y la mala: al día siguiente, para volver, habíamos de rehacer el mismo camino. Me dieron ganas de estrangularlo, pero eran dos contra uno.

Imagen de jBartroli

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