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El viajero y su otro yo

  Viajo. Escribo de viajes. En la primera acción, atravieso paisajes, conozco gentes, hago amistades, vivo momentos intensos, experimento agitaciones del alma, me embargan sentimientos. En la segunda, recuerdo algunos paisajes, imagino con ojos cerrados rostros más o menos vagos de gentes, añoro amistades, trato de recuperar momentos, ahondo agitaciones del alma, me dejo embargar por nuevos sentimientos. ¿Qué relación hay entre lo uno y lo otro, qué parecido? Un puente los une. ¿Soy yo ese puente? ¿O acaso solo la imaginación tiende entre ellos su fino lazo?

Cuando viajo yo soy uno, y otro es quien después lo recordará y escribirá. Hay el yo presente y el yo futuro, y el que escribirá esto es el yo futuro: es más, ya lo está escribiendo. O mejor: lo comienzo a escribir yo y lo acabará de escribir él. 

Y a veces me asalta la perplejidad: ¿cual es mi yo verdadero? ¿Acaso siempre? Ahora, soy el yo viajero. Después, yo seré el protagonista de los relatos sobre mi viaje. ¿Quién será, pues, el que los ha escrito?

Puedo pensar también que, dentro de un tiempo, de mi y de mi viaje no quedará nada excepto lo que el yo futuro halla escrito. Entonces, de este argumento se deduciría que el yo viajero solo habré existido si el yo escritor decide escribirme. Mi existencia estaría pues en sus manos: si yo ahora viajo es porque él ya me ha escrito.... Pero este es argumento muy flojo: la literatura en el mundo es el género que más imaginación se ha permitido, y ser personaje literario nada prueba sobre la verdadera existencia de ninguno. 

Si ahondo en mi argumentación, he de reconocer que el yo que esto pienso soy el yo verdadero. El otro yo, el del post-retorno, no puede ser verdadero pues aún no existe. Es únicamente una posibilidad, que tal vez existirá o tal vez no. El yo viajero tiene en sus manos el futuro, más aún: la mera existencia del yo que esto escribirá. Si yo viajero decido no volver, el yo escritor nunca será nada. ¿Y por qué habría de decidir volver? Viajo de isla en isla, de puerto en puerto, y nunca he sido tan feliz como ahora ni me he sentido antes tan vivo. No puede ser que renuncie a este viaje. No me creo capaz de un día ponerle fin. Yo no. Nunca volvería. Por tanto, el otro yo, el que esto escriba, si de verdad llega a existir, no puede haber sido el mismo yo que ahora así reflexiono y pienso. Tiene que ser otro, el yo de otro.  

Quizás el yo que viajo soy una invención del otro yo, el que escribe. Quizás el yo que escribe es un deseo de futuro del yo que viaja.

¿Qué une a los dos yo?

El viaje. 

Imagen de jBartroli

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