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El poeta de la Martinica

Durante decenios los nietos de esclavos de la Martinica aprendían en la escuela aquello de “nos âncetres les gaulois”. La negrura de la piel era considerada como un castigo que había que sobrellevar con resinación. Las mujeres se untaban la cabeza con potingues para alisar los cabellos rizados y se compraban ungüentos blanqueadores de la piel en el mercado. Y las familias ricas solo casaban sus hijos con alguien que tuviera la tez más clara que ellos.

Pero un día un negro escribió un largo poema que tituló Cahier d’un retour au pays natal, donde decía cosas tan increíbles como: “Acepto… acepto… enteramente, sin reservas / mi raza que ninguna ablución de hisopo y de flor de lis mezclados podría purificar, / mi raza roída de máculas / mi raza uva madura por pies borrachos / mi reina de los escupitajos y de las lepras / mi reina de los látigos y de las escrófulas…” Aquel poeta se atrevía incluso a provocar a los blancos: “Porqué nosotros os odiamos a vosotros y a vuestra razón / nos reclamamos de la demencia precoz, de la locura ardiente del canibalismo tenaz”.

Aimé Césaire, como se llamaba el poeta, lanzaba bajo el ardiente sol de las Antillas el grito de la negritud, aceptándose, reivindicándose con orgullo como negro, descendiente de esclavos africanos, forjado en el sufrimiento y en la miseria, rechazando la asimilación cultural, renegando de aquellos negros que decían a los blancos: “mirad, yo no soy diferente a vosotros, solo que el sol me ha hecho más oscuro”.

En los años cuarenta, aquel grito sonó a locura. Pero fue acompañado de más voces, como la del poeta senegalés Leopold Sedar Senghor. Nació, en el Caribe y en el África Francesa, la reivindicación de la negritud, noción que juntos inventaron y que llevó a la lucha anticolonialista y a las independencias africanas. Su grito ayudó a cambiar el mundo, aunque la Martinica continuó siendo francesa, y Aimé Césaire, reconvertido al autonomismo, fue durante décadas el alcalde de la capital, Fort-de-France. Los habitantes de las Antillas francesas ya no se avergüenzan del color de su piel, aunque continúan interrogándose sobre su identidad. Y, desde este mes de abril, lloran por su poeta, por Aimé Césaire, muerto a los 95 años, en su pequeña isla de volcán, selva, luz, música y orgullosa negritud.

Imagen de jBartroli

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