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El País de la Luz (IV): Inglaterra en el Pacífico

         Seguramente os asombraréis ante la belleza y la riqueza de este océano de lomas y lomas cubiertas de prados verdísimos donde pastan cuarenta millones de ovejas. En Nueva Zelanda circularéis en coche o autobús por las colinas y veréis la luz de la tarde brillando como pulpa fresca de melocotón en la hierba tierna y rodeando de un aura dorada la lana blanda de las ovejas, y pensaréis que nunca antes habías visto una imagen del campo tan bella y próspera. Pero habéis de saber que, hace solo ciento cincuenta años, todo esto eran selvas y bosques.

         La Nueva Zelanda que os deslumbrará tiene muy poco que ver con la original. Los colonos quemaron los bosques nativos, roturaron los campos y, sobre todo, sembraron pastos para sus ovejas. Y no solo eso: trajeron las flores y los árboles de los jardines de su patria, los jilgueros, pinzones y verderones que les gustaba oír cantar, y liebres, ciervos y faisanes para cazar. Querían recrear otra Inglaterra en el Pacífico, sin imaginar el mal que hacían al país. Hoy, varios animales nativos se han extinguido y muchos más solo perviven en islas e islotes separados de la costa a donde las plagas no han llegado. Y la flora nativa solo ocupa entre el 10 y el 15 % de la superficie, protegida en reservas y parques. El resto del país está cubierto por vegetación introducida: bosques para la industria forestal, prados para el ganado y cultivos.

 

Imagen de jBartroli

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