El País de la Luz (III): Los hijos de la Tierra

         Nueva Zelanda era el Reino de las Aves hasta que, según la tradición maorí, llegó la Gran Flota: las grandes canoas a vela que portaban los polinesios desde su patria ancestral Hawaiki -quizás Tahití o las Marquesas-. Sería hacia el siglo X o tal vez incluso el XII, pero seguían el camino indicado unos siglos antes por Kupe el Navegante, el descubridor de Nueva Zelanda y quien le dio su primer nombre: Aotearoa, "el País de la Larga Nuble Blanca".

         Aquellos polinesios trajeron el perro y la rata para comer su carne, y tubérculos como el taro, la kumara y el ñame. La tierra volcánica era fértil, el clima bueno aunque algo más frío del que estaban acostumbrados, y prosperaron. Su vida no se vio alterada por la aparición, el 1642, de dos velas blancas en el horizonte pues, cuando los nativos mataron a los marineros de uno de sus botes, el holandés Abel Tasman decidió largar amarras de aquella tierra nueva y conformarse con ponerla en los mapas. Fue el inglés James Cook quien dio a conocer Nueva Zelanda a los europeos, a partir del  año 1769. Siguiendo su pista llegaron los primeros cazadores de focas y ballenas, los misioneros el 1814 y los primeros colonos después. Y empezaron los problemas en Aotearoa.

         Los europeos, muchos, aventureros sin escrúpulos, vendieron armas a los maoríes, y las tribus se enzarzaron en guerras mortíferas. Y propagaron enfermedades contra las que los tangata whenua -"los hijos de la tierra"- no estaban inmunizados. Los recién llegados compraban tierras o las ocupaban por la fuerza si no se las vendían. El año 1840, un grupo de jefes firmó con los británicos el tratado de Waitangi para ponerse bajo la protección de la reina Victoria de Inglaterra. Los jefes le cedían la soberanía y a cambio la reina les reconocía plena posesión de las tierras, ríos, lagos y aguas costeras, así como de la caza y la pesca, y los mismos derechos y deberes que cualquiera de sus súbditos. Mediante este pacto nació la actual Nueva Zelanda.

         Pero el tratado, demasiadas veces, no se cumplió. Se continuaron robando las tierras, hubo revueltas maoríes y varias guerras terribles. Los colonos británicos llegaban por millares y los maoríes se convirtieron en una minoría en su propio país. Un siglo y medio después, aún luchan por que el tratado se cumpla y se les devuelva las tierras que les fueron arrebatadas ilegalmente.

Imagen de jBartroli

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