Dias de libertad en el Caribe (y VIII): Las noches en la isla

         Si visitáis la islita de Caye Caulker en verano, casi cada noche veréis brillar relámpagos en el horizonte. A esa hora estaréis muy posiblemente sentados en alguno de los estaurantes que hay al sur del pueblo, con las sillas y mesas sobre la arena fría. Hay langostas asadas. Hay ponches y batidos de fruta. Hay la música que calienta el alma. El restaurante Sobre Las Olas sirve cocina hispana y preparan la langosta con todo tipo de recetas: con coco, al curry, hervida, asada, cola de langosta… En Sand Box la especialidad es la lasaña de langosta, aunque los espaguetis con langosta a la salsa de ajo son simplemente deliciosos. Igual que la torta de mango caliente con helado de coco del postre. Ahora, si lo que buscáis es una langosta a la brasa, quizás la mejor la comeréis en el restaurante chino.

         O puede que, sentados en la terraza del Pinx, en la playa, con un ponche o una piña colada en la mano, escucharéis canciones antiguas, seguramente de voces negras: reggae, calypso, ritmos latinos... La música melosa y rítmica, la relajada alegría de unos sorbos de ron, la observación de los cuerpos completos, suaves, de formas gráciles, desbordando promesas, las sonrisas abiertas, la chispa en los ojos: la alegría del Caribe está en el aire, impregna a todos. La alegría de la vida. El goce de la libertad, esa que ha movido y unido a los beliceños. La luz rojiza sobre el mar se torna escarlata. ¡Ah! Sensaciones a flor de piel, sentimiento de felicidad. Se va la tarde. Se va la vida en cada tarde como esta. Se va el tiempo. Y un pensamiento se paseará por vuestra mente: ¿Por qué no quedarse aquí? En una cabaña de madera barnizada de alegres colores, con libros, cuadros y recuerdos y amplios ventanales… Pero sabéis que sería demasiado poco para llenar toda una vida, demasiado poco y demasiado pronto para renunciar a todo lo demás…

         Y el tiempo pasa. Y la vida va.

         Con cada instante, a cada estrella fugaz, a cada noche multiestelada, a cada inmersión en el azul translucido de sus aguas de zafiro y azurita, la isla os penetrará más adentro. Cada día en ella será un regalo precioso. El momento en que un ave desconocida rompe el silencio nocturno, el permanente susurro de las olas diminutas fregando la arena mojada, el perfume de una flor que la brisa trae y se lleva, disfrutadlos como regalos divinos. Eso es la felicidad. Esos breves, inenarrables, intransferibles momentos de la vida. No una largo, permanente, lineal sentimiento de gozo y plenitud, sino esos borbotones de sentimientos exaltados aquí uno y allá otro. Hemos de dar gracias por ello. Son estos instantes, cada instante que no es regalado, lo que hace que valga la pena la vida. Y Caye Caulker en Belice está repleto de ellos. El paraíso no existe, pero eso es lo más cercano que podemos llegar. No busquemos más. Hagámoslo nuestro. Llevémoslo con nosotros. Y así, luego, tras nuestro retorno, el paraíso nos continuará alimentando desde dentro, con el recuerdo de esos instantes vividos.

 

Imagen de jBartroli

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