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Descubrirse a si mismo descubriendo el Otro

         Nunca he podido entender aquellos que, viajando, se pasan la mayor parte del tiempo criticando lo que ven y repitiendo que en su país todo es mejor; los que, despreciando las gentes de los lugares que visitan, usan el viaje para reafirmar su sentimiento de superioridad; o los que se dedican con aires indulgentes a aconsejar los "nativos" lo que deben hacer. Estos son, definitivamente, malos usos del viaje.

          Somos muchos en el planeta Tierra. Y por suerte, todos variados. Ni mejores ni peores, solo diferentes. Y hay que aprender que lo que es bueno aquí quizás sea malo allá o sencillamente poco correcto al otro lado. Solo lo verdaderamente importante es universal: el respeto, el interés por el otro, el deseo de aprender, la generosidad, el amor por todos y por todo lo bueno que tiene la vida. Eso es lo que el viajero que de verdad viaja con los ojos -y el alma- abiertos descubre. Y ese es uno de los grandes descubrimientos con que el viaje le enriquecerá.

          Al viajar nos encontramos cara a cara con el Otro. "Siempre que visito un lugar por primera vez espero que sea lo más diferente posible de los sitios que ya conozco", escribió Paul Bowles en Cabezas verdes, manos azules. A quien le moleste que pueda haber otras maneras de ser y de pensar distintas a la suya, que no salga de casa. Porqué esa es, precisamente, una de las mejores aportaciones de los viajes: el encuentro con la diferencia. Es mucho lo que tememos que aprender.

         Viajar es, por ejemplo, la mejor vacuna contra el racismo -viajar, no el simple turismo sin contacto verdadero con las gentes del país-. Después de haber visto gentes de otras culturas en su propio medio, de aprender algo sobre como viven y de disfrutar de su recibimiento y de su hospitalidad, los comprenderemos mejor y los veremos de otra manera cuando descubramos que se han convertido en vecinos nuestros.

         "El viaje, al principio, era una manera de huir, de existir siempre en movimiento, para conocer el mundo. También, una necesidad, mucho tiempo inconsciente, de ir a buscar lejos las respuestas a mi propio medio, aquí, en Francia. Explorar otras sociedades para soportar la nuestra", ha explicado Jean-Claude Luyat, un cámara francés que por su trabajo ha estado en muchos sitios.          "Interrogarse sobre el Otro, -el extranjero, el emigrado, el diferente- es cuestionarse sobre uno mismo. Los otros son nuestro espejo, escribía hace unos años Edwy Plenel en el diario francés Le Monde. Verse reflejado en el espejo que son los demás... Conocer gentes de otras geografías y otras psicologías, ¿no es descubrir rasgos de la Humanidad Universal que también están en cada uno de nosotros, seres humanos? Descubriendo caras inéditas de la humanidad de los demás, descubrimos facetas ocultas de nuestra propia humanidad.

          Porqué el verdadero viaje es mental, no físico. Y por ello algunos de los mejores viajes se pueden hacer, también, sin salir de casa. Eso ya lo dijo Henry Miller, viajero experimentado de los dos trópicos: "Los viajes se contemplan interiormente, y los más atrevidos, no hace falta decirlo, se hacen sin moverse del sitio". Que todo viaje es también un viaje interior a nosotros mismos lo habían entendido nuestros antepasados hace muchos siglos. "Sin salir de casa se puede conocer el mundo", nos enseña el Tao-Te-Ching. La Cábala judía nos advierte que no nos hace falta irnos de casa para encontrar lo que buscamos. Y también los poetas: "No corras. Ves poco a poco, que a donde tienes que ir es a tu solo", aconseja Juan Ramón Jiménez en uno de sus versos. Todo viaje acaba siendo un viaje hacia uno mismo. 

Imagen de jBartroli

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