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Días de libertad en el Caribe (V): Los árboles que hicieron un país

En Caye Caulker, en Ambergris Caye y en buena parte del norte de Belice, la mayoría de la gente es mestiza y habla español. Sus antepasados llegaron también en busca de libertad y paz: huían de la Guerra de las Castas que ensangrentó el Yucatán mexicano a mediados del siglo XIX. Hoy los mestizos suman el 48 % de la población. Pero Belice es el único país centroamericano que tiene el inglés como lengua oficial. Con apenas 23.000 km2 –poco más que la provincia de Badajoz- y solo 300.000 habitantes, Belice es una rareza, un capricho de la historia. Su existencia se debe a aquellos piratas encontraron refugio en el dédalo de cayos y arrecifes de coral. Y también a dos árboles de sus selvas: el palo Campeche y la caoba.  

El año 1670, por el Tratado de Madrid, el rey inglés se comprometió a prohibir la piratería a sus súbditos y, a cambio, el monarca hispano autorizó a los baymen -los "hombres de la bahía"- a continuar la tala de maderas preciosas entorno al río Belice, sin renunciar por ello a su soberanía. Los baymen pasaron así de ser filibusteros a “respetables” amos de esclavos. Porque pronto trajeron esclavos africanos para que hicieran las tareas más duras de la tala. Sus descendientes son los criollos, ese 25 % de beliceños más o menos mulatos, que llevan en sus venas tanto la sangre de los esclavos africanos como la de sus amos y que hablan el creole, un dialecto del inglés con palabras africanas, mayas y españolas.

Durante dos siglos, los baymen continuaron una vida libre, sin autoridades ni control, penetrando más y más en las posesiones hispanas. Cuando hacia el 1770 cayó el precio del palo Campeche, la madera de caoba cogió el relevo. Y Belice pasó a tener una importancia estratégica: la caoba era vital para construir los barcos de la Royal Navy. El último intento español de recuperar el territorio tuvo lugar el 10 de septiembre de 1798 en Saint Georges Caye: un navío de guerra británicos, la milicia de los baymen y un contingente de esclavos armados repelieron el ataque de 32 barcos españoles. Es así que Belice quedó en manos británicas. Guatemala lo tuvo que reconocer por el tratado de 1859. Tres años más tarde, el 1862, se instauró la colonia con el nombre de Honduras Británica. Y la caoba continuó como su principal exportación hasta 1959.

Independiente desde 1981, Belice tiene el 10 de septiembre como fiesta nacional. Y en su escudo, junto a la figura de un bayman y de un esclavo negro –reflejo de la diversidad racial-, aparece el árbol que permitió nacer el país: una caoba.

País de piratas, quizás hasta deba su nombre a uno de ellos: hay quien dice que Belice deriva de la pronunciación española del nombre del pirata escocés Peter Wallace, que había sido nada menos que lugarteniente del famoso bucanero sir Walter Raleigh. Aunque podría muy bien provenir también de belix, palabra maya que significa “aguas fangosas”. Wallace arribó el 1643 a donde el río desembocaba en una bahía de aguas someras y creó un primer asentamiento, que pronto se conocería como Belice.

Belize City es, sobre todo, una ciudad criolla. La alta tasa de criminalidad la hace peligrosa, de noche, para el visitante novato. Es una lástima, porque tiene fama de ofrecer de la mejor música en vivo de todo el Caribe, desde reagge hasta salsa. Quizás algo de su antiguo pasado se refleje en el carácter de sus habitantes. Aunque las causas hay que buscarlas mejor en los elevados índices de paro y pobreza.

En Belize City encontraréis una vieja ciudad colonial caribeña construida casi toda en madera, edificios aporchados de dos plantas, balcones y barandas, la pintura a menudo desconchada y la vegetación tropical irrumpiendo por todas partes. Os gustará la animación del mercado municipal al lado del puente, su explosión de colores y olores vibrantes, nuevos, la exposición de frutas, raíces y tubérculos del trópico, a menudo desconocidos: bananas de muchos tipos, papayas, mangos, frutos del árbol del pan, ñames, chirimoyas, cacaos, amenazadores chiles encarnados, vainillas olorosas… Enfrente, en el muelle del río, las barcas de pesca ofrecen sus capturas del día y los campesinos traen sus frutos y su cosecha en canoa.

Desgarbada, dejada y sucia, pero también vibrante y viva, así es Belice City. El Haulover Creek la divide en dos: al sur está el centro comercial con Orange Street y King Street como ejes principales. Allí se encuentra la catedral anglicana de Saint John: construida el 1847, es la iglesia anglicana más antigua de Centroamérica. Al norte del río están los barrios residenciales como Queen Street, con sus mansiones victorianas. Más allá, entorno al faro de Fort George y el Baron Bliss Memorial, hay los nuevos hoteles. El puente de hierro de Swing Bridge une las dos mitades y se abre dos veces al día para dejar pasar las embarcaciones. De sus pies zarpan los botes rápidos, los water taxis, que llevan hasta Caye Caulker, Ambergris y los otros cayos.

La ciudad está situada en un lugar paradisíaco pero peligroso. Levantada en una estrecha península costera, sobre antiguos manglares en terrenos bajos y pantanosos que a menudo no sobrepasan un metro sobre el nivel del mar, la ciudad está cruzada por canales de desagüe contaminados. Los huracanes la han destruido varias veces. El del año 1931 se llevó a 2.000 de sus 16.000 habitantes. El 1961, el huracán Hattie llegó con vientos de 160 kilómetros por hora y una ola de marea de más de tres metros; tres cuartas partes de la ciudad quedaron demolidas y murieron 260 personas.

Belize City dio nombre al país y continua siendo la ciudad más poblada -60.000 habitantes- pero desde 1970 la capital es Belmopán (Bel por el río Belice, y mopán por su afluente Mopán). La destrucción causada por el Hattie llevó a la decisión de fundar una nueva capital en el interior, a resguardo de la furia de los huracanes que se alimentan y toman su fuerza del calor del mar Caribe. Construida de la nada en medio de la sabana, Belmopán es una ciudad jardín moderna, de nueva planta y sin apenas interés. Las áreas residenciales de casas unifamiliares, todas iguales, se extienden por la pradera troceada por calles paralelas sin asfaltar. En el centro hay las tiendas y los edificios oficiales, como el parlamento en forma de pirámide maya. Planificada para tener 30.000 habitantes el año 1991, apenas si pasa de momento de los 13.500, pero con la instalación de los ministerios, de los funcionarios y de alguna embajada, comienza a cobrar algo de vida.

Imagen de jBartroli

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