Días de libertad en el Caribe (I) Caye Caulker, Belice, islas

     Imaginad un grupo de cabañas de madera en la arena, entre cocoteros y flores de hibisco, con la brisa marina refrescando el calor del trópico. Delante, una playita, dos niños morenos jugando sin palabras a la sombra de una palmera, un pontón de madera a modo de embarcadero… No es una playita limpia, ni las aguas son de aguamarina azul: el fondo está cubierto por una espesura de algas. Por eso el mar es verde jade, como el jade de estas tierras mayas. Pero delante, más allá de la línea de espuma blanca de los rompientes de coral, brilla un azul turquesa claro, denso, apasionado. Sobre las tablas del amarradero, una chica en bikini toma el sol echada. A su lado un joven de pie, con una pequeña caña. ¿Pesca? Es lo de menos. Otra pareja se deja flotar en el agua. Los pelícanos y las fragatas planean sin mover las alas encima vuestro. Los cormoranes vuelan rasantes hasta la orilla. Una garceta avanza con sigilo sus largas y finas patas capturando pececillos de un picotazo certero. Silencio. Nadie habla. Solo la brisa de los alisios os susurra voces de paz y calma. Desde vuestra gandula, observáis como fluye el tiempo.

         Así pasan los días en Caye Caulker. En este pequeño cayo de arena de la costa de Belice, el tiempo parece de goma. Tan pronto se alarga y se estira prolongando el placer de cada segundo, como se vive tan intensamente que parece que se encoja y corra a una velocidad cósmica. El tiempo deja de ser una amenaza, una obsesión, para convertirse en aliado y amigo. Camina al paso que deseáis, porque aquí sois amo y señor de vuestro propio tiempo. Tiempo para leer en el porche. Tiempo para amodorraros en una hamaca. Tiempo para nadar y bucear o para pasear por las calles de arena del pueblo. Tiempo para acompañar algún isleño a pescar en barca o para remar en kayac bordeando la isla. Tiempo para hacer un curso de submarinismo. Tiempo para soñar y olvidar. Tiempo para amar. Tiempo para vivir. Tiempos de silencios y libertad.

         Libertad. Esa es la exaltación que comparten los afortunados que llegan hasta este remoto y desconocido cayo bajo el cielo de Cáncer, en el clamoroso mar de las Antillas. Algo tiene esta tierra que desde el primer encuentro inocula tan revolucionario veneno. Los primeros europeos en poner pie fueron los náufragos de un bajel castellano, el 1511. Unos cuantos cayeron en manos de los mayas de Chetumal, habitantes de estos cayos y del norte de Belice. Uno de ellos, Gonzalo Guerrero, se casó con Zazil Há, hija del jefe Nachan Ka’an. Tanto se integró con esta tierra y sus gentes que cuando Hernán Cortés recaló en la isla de Cozumel camino de México, y quiso rescatarlo, Guerrero se negó a marcharse. Convertido en cacique, acabó sus días luchando junto a sus nuevos hermanos mayas contra los conquistadores castellanos, el 13 de agosto de 1536, en el valle de Sula, en la actual Honduras. Sus tres hijos fueron los primeros mestizos de maya y castellano: por eso en México le consideran padre del mestizaje iberoamericano. Es el padre, por tanto, de los mestizos que suman hoy casi la mitad de la población de Belice. La mayoría de los isleños de Caye Caulker lo son.

 

Imagen de jBartroli

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