Días de libertad en el Caribe (IV): La isla del pirata Barbanegra

          Piratas pasaron muchos por estas aguas caribeñas de la costa de Belice, y el más famoso de todos fue el temido Barbanegra. Contaban que había pactado con el mismo diablo. Para aterrorizar a sus victimas, durante el combate se colgaba mechas encendidas de su espesa barba. Fue corsario al servicio del rey inglés durante la guerra contra España, y acabó pirateando las colonias inglesas de Virginia y las Carolinas, hasta que el 1718 su muy barbada cabeza colgó del bauprés de un navío británico. Durante un tiempo tuvo a Ambergris Caye como uno de sus refugios preferidos. En las tabernas de San Pedro, en Ambergris, todavía podréis escuchar cuentos sobre los lugares donde puede estar enterrado su tesoro. Los buscadores han encontrado monedas de oro y viejas botellas de ron vacías, pero su botín, si nunca estuvo allí, permanece bien oculto.

         El tesoro de Ambergris Caye es el turismo. Todos los tesoros tienen una doble cara: hacen rico quien lo encuentra, pero esconden detrás mucha sangre sudor y lágrimas. Éste, también. El ser el mayor cayo del país, la blancura de sus playas y su cercanía con la Gran Barrera de Arrecifes lo han convertido en el principal destino turístico de Belice. Y esto tiene un precio. San Pedro llega hoy a los 10.000 habitantes. Ya no abunda el silencio. Hay más de setenta hoteles, desde pensiones a resorts de lujo, y un sinfín de restaurantes, bares, tiendas, todo tipo de actividades acuáticas y hasta 13 agencias de submarinismo. La ciudad mantiene su pintoresco aspecto caribeño y las playas son tantas que nunca se llenan. No es Cancún, pero los promotores construyen cada vez más grande, cada vez más alto, en primera línea. Faltan viviendas para los sampedranos, la pesca se agota y la ecología se resiente. Por sus selvas, manglares y pantanos pululan los gigantescos cangrejos azules gigantes, los cocodrilos, las zarigüeyas -marsupiales arborícolas- y armadillos. Pero con más de 200 visitantes diarios, el coral de la Reserva Marina de Hol Chan, famoso por sus cañones bajo el agua, comienza a morir, a estar amenazado.

         En Caye Caulker donde he hecho parada en mi viaje, camino del Tom’s Hotel, las tórtolas diamantes hacen gorgoritos mientras caminan sacudiendo la cabeza. Hay pajarillos verdes –chipes, verdinos, mosqueritos- que siempre saldrán a vuestro paso. Y luego, los colibríes. Diminutos, brillantes, inquietos, zumban en el aire. Los hay verdes metálicos y los hay rojos brillantes. Chupaflores, los llaman en la vecina Guatemala. El Tom’s agrupa unos cuantas edificios de dos plantas de madera con habitaciones individuales y dobles, entre palmeras y olorosas plumerías –que es como llaman por aquí al frangipani de la Polinesia. Es un hotelito familiar, pequeño y barato. Así son los hoteles y pensiones de la isla, una treintena. Algunos frente al mar. Otros, casas coloniales de madera de dos plantas, con balconadas abiertas, en las dos calles paralelas que corren de norte a sur por la islita. En Caye Caulker no han querido que se repitiera la comercialización y masificación del vecino Ambergris Caye. Permitiendo solo pequeños hoteles familiares han conseguido que los beneficios quedasen para los isleños. Por eso, también, la mayoría de visitantes son mochileros o turistas que viajan por su cuenta.

         Cuando al caer la tarde los de casa de Tom vuelven de la pesca y limpian el pescado –le rascan las escamas, lo abren y le sacan las tripas-, vienen las fragatas y se lanzan en picado sobre los despojos que los hijos tiran al agua. Los atardeceres languidecen. Los anocheceres son rápidos en los trópicos. Fulminantes. Cuando el sol cae y traspasa el horizonte, el cielo se vacía de luz con rapidez y con prisas llega la noche. Entonces las iguanas empiezan a correr por los tejados. Aquí su carne es muy apreciada: pollos del bambú, las llaman.

Imagen de jBartroli

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