Días de libertad en el Caribe (III): Mares de piratas

            Estáis sentados ferente al azul turquesa del Caribe, junto a vuestra cabaña, en la islita de Caye Caulker, Belice. Ahora seguís extasiados el vuelo sin aleteo de una fregata. Plumaje negro, una bolsa de un vivo color rojo en el cuello: es un macho. Planea en apariencia inmóvil, pues con ligeras flexiones de los músculos mueve las plumas de las alas y es capaz de aprovechar las corrientes del viento para flotar –más que volar- sin fin. ¡Astuta ladrona! Espera. Mirad ese alcatraz castaño que corta el cielo en picado y se sumerge en el mar. Ahora veréis. Por allí emerge del agua, con el pez en la boca. ¿Lo veis? ¡Mirad la fregata como se le lanza encima y lo persigue hasta que le roba el pescado! Rabihorcados, también les llaman, por las dos puntas de su cola. Son viejos piratas.

Piratas, el mar Caribe ha conocido muchos. Aparecieron por sus aguas a partir del siglo XVI, cuando los monarcas europeos enviaron sus corsarios –capitanes con permiso para apoderarse de los barcos enemigos- para hacerse con una parte del botín americano que Castilla y Portugal se habían repartido en exclusividad. Pronto el mar se llenó de simples filibusteros, piratas que atacaban cualquier barco, incluso de su propio país. Bajo la enseña de la calavera se agrupaban gentes de la peor ralea de cada nación, en general truhanes, vagabundos de los mares sin ley ni amo, muchas veces crueles y despiadados, unidos por un mismo rechazo a cualquier autoridad y por el mismo afán de libertad. El Museo Marítimo de Belize City está dedicado a ellos.

Los piratas forjarían la historia que haría Belice diferente a las otras tierras mayas. Empezó el 1638 con otro naufragio, en un cayo al sur de aquí, más pequeño y con forma de anzuelo: Saint Georges Caye. En este caso el navío y los marinos eran ingleses, y fundaron un pequeño pueblo: sería la capital inglesa hasta el 1748. A tan solo veinte minutos en bote de Belice City, Saint Georges Caye vive hoy en una absoluta modorra: hay unas cuantas casas la mayoría con su fondeadero privado, dos pequeños resort de lujo frecuentados por amantes del submarinismo, y un centro de entrenamiento acuático del ejército británico. El resto del islote es reserva natural.

A los bucaneros les gustaba llamarse “Hermanos de la Costa”. Sabían como nadie moverse por los complicados vericuetos de la bahía de Honduras, con sus cayos, arrecifes peligrosos y bajíos traicioneros, los mismos que hoy en día son un paraíso para los turistas amantes del sol y los submarinistas en busca de catedrales coralinas. Pronto se les conocería también como los baymen, los “hombres de la bahía. En estos cayos encontraban refugio de sus perseguidores, provisiones de agua potable y alimentos frescos, y tortugas marinas y manatíes que cazar. Y algo que marcaría el futuro: en su tiempo libre, comenzaron a cortar el palo Campeche, el árbol de cuya madera se obtenía un tinte rojo para tintar lana, muy apreciado en Europa.

Imagen de jBartroli

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