Añorazas tras un retorno del Edén (y VI): Hasta la últimas islas

         ¡Más lejos! ¡Siempre más lejos!, llama el corazón. De isla en isla por los Mares del Sur, buscando en la lejanía la Polinesia perdida de los viajeros de antaño, tras el sueño del edén reencontrado del que Cook, Bougainville o Melville nos hablaron. Atrás quedaron Tahití y sus coches y su gentío, atrás las islas de la Sociedad a donde llega el turismo, lejos tambien las salvajes Marquesas donde aún las escenas pintadas por Gauguin parecen cobrar vida. Más lejos todavía, quedan otras islas quizás más puras y vírgenes, tal vez más bellas e intocadas que descubrir. 

         Islas dormidas en el tiempo y el trópico de Capricornio, como las Tuamotu, archipiélago de atolones de coral en donde he vivido los días más tranquilos, días que transcurren sin transcurrir. Son islas bajas que no sobrepasan los cinco o seis metros. Sin horizontes o, mejor dicho, siempre con un horizonte plano ante los ojos, todos los días parecen iguales. El sol se hace casi opresivo. La sombra es un anhelo. El reverberación marina es antipáticamente encegadora y omnipresente al mediodía ¡pero tan delicadamente azul al atardecer! Entonces, la laguna interior adquiere la pureza del vidrio licuado, las tonalidades de las piedras preciosas. Los niños nadan y juegan sin ruido en la playa. Los chavales se zambullen en el canal. Las blancas golondrinas de mar y los rabihorcados negros planean sin fin. Unos hombres reparan el motor de la barca; otros, ponen una capa de pintura nueva a la ermita. Las muchachas recogen las hojas secas del césped de sus casas mientras sus madres riegan las flores.

          En las Tuamotú, las tardes son perfumadas. Las bicicletas avanzan muy lentamente. La vida se reduce a la franja de arena, sus cocoteros y la pesca en el mar. Cuando los pescadores retornaban con sus presas al anochecer, iba a verlos y a charlar con ellos a la playa en Rangiroa. A veces, bebíamos cerveza, y me hablaban de aburrimiento, de falta de trabajo y de deseos de marchar a Tahití. Allí, en Rangiroa, hice submarinismo entre delfines y tiburones. Y luego, en Manihi, experimenté por unos días la holgada vida del turista en un bungalow de un hotel lujo en la playa, y bailé bajo el mar con las mantas gigantescas.

          Y, por fin, las Australes, tan alejadas la una de la otra que casi no son ni archipiélago y diferentes entre si, en donde el extranjero es todavía una novedad. Los poquísimos que hasta allí van pueden bañarse con los gigantescas ballenas que en agosto juegan en la costa de Rurutu, acampar en los motus o islotes de arena de Tubuai, vivir unas semanas con los nativos de Rimatara, o bañarse en las peciosas aguas azules de la laguna de Raivavae. Y los más aventuosos y que dispongan de todo el tiempo, pueden navegar entre las brumas y la llovizna de las aguas más meridionales para avistar los verdes montañas volcánicas de la inexpoliada y aún misteriosa Rapa, la isla que guarda celosa sus secretos. Así podrán subir a sus riscos y reseguir las cornisas volcánicas en busca de templos de dioses olvidados escondidos en la maleza, y descubrir, como yo he descubierto, algunos desconocidos hasta por los isleños.

         Y después, tras la vuelta, cuando Tahití y sus islas se encuentren lejos, os quedará la nostalgia de aquellos días en que el tiempo no era tiempo sino horas calientes, vaguedad salobre y cálida llenando los pulmones, dulzura blanda, agradable, oleosa de sal y de flores, que os impregna y se os lleva, puro placer de existir sin prisas. La nostalgia por la intensidad de los momentos: los rayos en la tempestad, los crepúsculos violentos de vino y sangre, la fugacidad de una estrella caída, los dioses de piedra dentro de la selva, el pez de colores entre corales de fuego, la cabalgada a orillas del mar. Esa nostalgia indefinible por la exaltación paradisíaca de los sentidos: luz exultante en la palma de los cocoteros, transparencia esmaltada del mar y del cielo, barullo de olores tensos y fragantes, sonrisas en los ojos profundos y morenos, naturaleza desenfrenada. Y quedará también el regusto amargo de los placeres pasajeros que no pudisteis agarrar para siempre con la mano. Siempre os quedará Tahití.

Imagen de jBartroli

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