Añoranzas tras un retorno del Edén (V): Las salvajes islas Marquesas

         Las islas de la Sociedad, el archipiélago donde está situado Tahití, son las islas más visitadas de la Polinesia Francesa. Pero para quien busca lo lejano y lo nuevo, hay otros archipiélagos que gozan del privilegio -y de las pegas- del aislamiento: una belleza salvaje e intocada, pero dificultades en el transporte y el abastecimiento, lo que para los habitantes significa falta de una economía sostenible y de trabajo.

         Algunas tienen aeropuerto, la mayoría no, pero a todas llegan los cargueros. Más lejos vaya, más retrocederá en el tiempo el visitante.

         Están las Marquesas, que cautivaron a Stevenson, Gauguin y Jacques Brel. El primero murió en Samoa, pero los otros dos están enterrados en el pequeño cementerio de Atuona bajo los árboles en flor de los hibiscos y frangipanis, en la isla de Hiva Oa, la tierra que amaron y donde quisieron vivir hasta el final. Islas altas, volcánicas, escarpadas, de perspectivas profundas, crestas y agujas basálticas, despeñaderos y paredes verticales de lava; sus caminos empinados ofrecen amplísimas vistas sobre riscos y valles estrechos.

         Nuku Hiva tiene el sobrecogedor salto de agua de Vaipo, de 350 metros, al fondo de un profundísimo valle y al final de un camino enfangado entre la jungla, pero también la idílica visión del palmeral del valle de Taipivai -donde Melville vivió prisionero de una tribu de antropófagos en 1842-, y de la bahía de Anaho, la más bella de todas según Stevenson. Y en Hatiheu, dentro de la selva, se esconde un mea'e o santuario sobrecogedor: un gran calvario de terrazas de losas basálticas negras y de rocas con petroglifos de tortugas, peces y seres humanos; en el centro se yergue el baniano sagrado, un árbol ciclópeo que se alimentaba de la sangre de los humanos degollados y arrojados al pozo de los sacrificios; el musgo cubre las piedras del me'ae y aumenta su vejez y misterio; hay algo de lúgubre en todo ello; entre los grandes árboles centenarios el aire se ha quedado inmóvil y prisionero, y ha retenido el eco de los lamentos de las víctimas de los sacrificios.

         Otra isla, Hiva Oa, tiene los cinco tikis de piedra más grandes de la Polinesia después de los moai de la isla de Pascua: están en el mea'e de Tahua Oiponamea, restaurado en 1991; la última vez que los visité, la llovizna tropical y la neblina incierta y fría reforzaban el carácter sagrado del recinto.

         La isla de Ua Huka es la más agreste y seca, y está cubierta de hierba que amarillea en la temporada seca. Le rodea una costa triturada, despedazada en cabos, calas, rocas, promontorios y farallones negros como el carbón contra los que rugen las olas, y en sus pueblos trabajan y exponen los escultores de tikis en madera. Una a una, recorro las islas. Las más pequeñas solo son accesibles navegando en el Aranui II, un barco mixto de carga y pasaje reconvertido al turismo.

          Y así llego a Fatu Hiva, para mi la más bella, donde Thor Heyerdahl y su mujer vivieron un año entre 1937-38 intentando un imposible retorno a la naturaleza; la atravieso a pie, contemplando desde la tierras altas a las crestas basálticas cayendo en hileras al océano. Y desde el Aranui II anclado en la bahía de las Vergas -así llamada por los enormes arietes graníticos que la dominan- veo como la tarde viste poco a poco su oro sobre las montañas y el valle de palmeras, mientras el azul y el verde se desmayan, y luego el atardecer de miel se torna noche, hasta que, parafraseando a Stevenson, el cielo es "una maravilla de estrellas"

 

Imagen de jBartroli

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