Añoranzas tras un retorno del Edén (IV): Cabalgada bajo la lluvia en Huahine

       En Huahine llovía. Días y días de lluvia persistente y gris. Leí mucho. Tras la lluvia, la tierra olía a frescura vegetal, a alimento, a fertilidad. Desde la terraza de mi pensión, el paisaje del pueblo y de la bahía de Fare parecía transfigurado, como vivificado instantáneamente con una claridad y una virtuosidad de lente de aumento.

         La isla lucía colores frescos, limpiados, mojados y puros. A causa del cielo, compactamente plomizo, eran colores oscuros: verde musgos y marrones de fieltro la montaña, y verdes licuados y plateados metálicos la bahía, pero de una pulcritud y de una exactitud cósmicas. El viento había alfombrado el paseo frente al mar con las flores de colores arrancadas de los árboles. Luego, otra vez la lluvia. Un día de tregua pasajera di la vuelta a la isla en vespa y visité, bajo la llovizna que volvía, alguno de los 54 maraes de la isla, los santuarios de los antiguos dioses. El domingo, en la iglesia católica, escuché los himenés -cantos religiosos- con las voces que solo los polinesios logran copiar de los ángeles, y todo el mundo llevaba flores sobre la oreja, hasta el cura.

         Después, durante dos días, recorrí la isla a caballo en grupo, galopando por las playas y bebiendo agua de cocos recién abiertos. Nos metíamos por los bosques, los prados y las playas vacías. Cruzábamos las bahías con el agua hasta las rodillas de los animales, procurando guiarlos para que esquivaran las rocas del coral. Las flores amarillas y naranjas caídas de los árboles purau de la ribera flotaban entorno nuestro. No muy lejos, las veloces canoas de remeros atravesaban como flechas la calma nacarada de las aguas. Pasamos al lado de algunos fares o casas tradicionales, a ran de mar, de familias que viven completamente ajenas a la modernidad. A última hora paramos en la bahía de Bourayne; quité las bridas a mi yegua y la llevé al mar, pero regresó a la playa a buscarme y me empujó con ella: quería bañarse conmigo, para que le frotara el pelaje con un cepillo. Al segundo día, la lluvia volvió. El cielo se abrió en cortinas y las nubes se vinieron abajo. Hice el ridículo de ponerme el chubasquero. A los cinco minutos estaba tan calado por fuera y por dentro que me lo saqué y me quedé en bañador. Chorreantes la yegua y yo, desmontando en las bajadas para agarrar su brocal con la mano y afianzarla cuando resbalaba, avanzando por dentro la selva por senderos enfangados, entre bambúes y helechos gigantes, árboles enormes y lianas enredadas, aspirando la intensa olor del animal mojado, sintiendo su estremecimiento de agradecimiento por mis caricias en el cuello, fue penoso y maravilloso a un tiempo: viví la libertad del salvaje.     

        Raiatea es aún menos visitada que Huahine. Es la mayor de las islas de Sotavento. Su población es numerosa:  unas 9.000 personas, y es también la menos afrancesada. La isla fue, con Huahine, la última en doblegarse: los colonizadores no pudieron conquistarla hasta 1897 y los isleños han guardado el espíritu de independencia. Raiatea la sagrada. Durante siglos, mientras se llamaba Havai'i, fue el centro político, religioso y cultural de la Polinesia occidental. 

         Los maraes aún son poderosos en Raiatea: el más grande y mejor conservado es el marae Taputapuatea. Su ahu (plataforma central reservada a los dioses y a los espíritus) mide 43 metros de largo, 7 de ancho y más de 2 de alto. Hace tiempo que perdió su estatua de Oro, el dios de la guerra, pero según los nativos mantiene intacto su maná, la fuerza espiritual ganada cuando era escenario de sacrificios humanos. Hasta este santuario venían en peregrinación las grandes canoas de Hawai'i, de Rarotonga e incluso de Nueva Zelanda.

Imagen de jBartroli

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