Añoranzas tras un retorno del Edén (III): Bora-Bora

          Las luces de Papeete quedan atrás, mientras salimos de las aguas calmas de la laguna, protegida por el anillo de arrecifes, y nos adentramos en el oleaje. Ya hace un siglo, Gauguin se sintió defraudado por Tahití y por la corrupción del buen salvaje de mano de la colonización francesa, y fue más lejos, hasta las Marquesas, para buscarlo.

           La destrucción del paraíso había sido, de hecho muy rápida. El mismo Cook, en su segundo viaje de 1773, ya entendió lo que se avecinaba: "pervertimos su moral, ya de por si tendente al vicio, les contagiamos unas enfermedades desconocidas hasta ahora para ellos y les creamos unas necesidades que no sirven más que para alterar esa feliz tranquilidad de la que gozaban tanto ellos como sus antepasados".

        Durante su tercera visita, en 1777, el capitán inglés comprobó como el arte y la artesanía declinaban y los nativos se tornaban dependientes de los utensilios de metal importados de Europa, y predijo que ya era demasiado tarde para "retornar a la feliz mediocridad en la que vivían antes que nosotros los descubriéramos" 

         Fue el "impacto fatal", como lo ha cualificado Alan Moorehead. Se fue sucediendo el contagio de enfermedades que resultaban mortales para los isleños: sarampión, gripe, tuberculosis, viruela y tifus, la introducción del alcohol y del opio, las sangrientas guerras civiles avivadas hasta límites devastadores por la adquisición de armas de fuego, los secuestros masivos por partes de traficantes de esclavos peruanos y chilenos...

         Después, la cristianización, con su secuela de prohibiciones de la música, la danza y el arte nativos, el puritanismo y la obligación de cubrirse los cuerpos, privó a los polinesios de su alegría de vivir. Stevenson explicó como la desmoralización de los marquesanos les llevaba a dejarse morir. Las Marquesas pasaron de 50.000 habitantes en 1774 a 20.000 cuando los franceses se las anexionaron en 1842, y a solo 2.094 sobrevivientes en 1916. Tahití descendió de 40.000 personas en el siglo XVIII a solo 9.000 a mitad del siglo pasado. Por un momento parecía que la raza polinesia, "la mejor obra de Dios o, al menos, la más dulce", según palabras de Stevenson, estaba condenada a la extinción.

         No ocurrió así, y hoy, mientras paseo por Bora-Bora, reencuentro la atmósfera de la Polinesia que todos soñamos, que no es desde luego la de Cook -esa se fue para siempre- pero si la de Gauguin y de los libros. Bora-Bora ya tiene muchos hoteles pero es, aún, la más bella de entre todas las islas. Hay algo de perfecto en ella: esos pitones de basalto, como dólmenes gigantes, que la coronan, el verde enloquecido, de una potencia eléctrica contagiosa, de sus montañas, las sinuosidades de su costa, la serpentina de isletas de arena y cocoteros que la rodean como un anillo, esos turquesas, jades y esmeraldas cristalinos de la laguna coralina que se encierra en el interior, y esa belleza morena y esbelta en los cuerpos perfectos de las muchachas y los muchachos. Si lo hubo, no podía ser de otra manera el Paraíso.

         Vivo en una cabaña grande, en un camping, y tengo el mar a menos de un metro. Me siento frente a él, para mirarlo, y siempre hay pájaros sobre mi cabeza. Por la mañana, el cielo es de un azul desvanecido, como de acuarela. A medida que el sol se levanta, se vuelve espeso. A mediodía, tanto el cielo como la laguna se tornan de un azul francamente pastoso, como de pintura de guasch. La tarde los aligera, el azul se hace más liviano y transparente, y empieza a ofrecer toda una gama de tonalidades sorprendentes. Después, cuando ya muere, la tarde da lustres de paja a los cocoteros que bordean la costa hasta lo lejos. Llega entonces el fugaz crepúsculo esmaltado de púrpuras y morados, soberbio pero desértico y silencioso;  me hace sentir algo solo y me deja el regusto amargo de los placeres pasajeros que desearías, y no puedes, agarrar con la mano. Y por la noche las estrellas tejen telarañas y la Cruz del Sur brilla encima mi cabeza.  

         En este teatro soñado, los turistas se acomodan en bungalows sobre el agua, se tumban al sol, hacen surf a vela, reman en piraguas, dan la vuelta a la isla en barca, se sumergen en los fondos de coral entre peces enjoyados, pasean y sueñan que viven despiertos. Los polinesios de Bora-Bora ya están acostumbrados a los extranjeros de paso. No les hacen demasiado caso. No te invitan a entrar a sus casas cuando caminas ante ellas. Hace falta tiempo para conocerse. O coincidir con el  heiva o festival, cuando cada noche se danza y se canta a la manera tradicional, se compite en los deportes antiguos, se come, se bebe y se baila la música moderna y las inhibiciones desaparecen.

Imagen de jBartroli

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