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A Japón y a Rusia en Metro

Aproveché un sábado para pasear por Brooklyn. Estos primeros días de Mayo han sido en New York mas de verano que de primavera, así es que los parques han sido una verdadera explosión de ocio.

Incluso para alguien que, como yo, odia el calor y el verano, es un gusto ver como la gente disfruta tanto. Paseando, atravesé Prospect park rodeado por cientos, tal vez miles, de jugadores de fútbol, de beisbol, patinadores, ciclistas, paseadores de perros, y lectores y tomadores de sol tumbados.

Muy cerca está el Jardín Botánico de Brooklyn; dentro de él solo hay que caminar unos cientos de metros para encontrarse en Japanesse Hill: un refinado y tranquilo parque como los que siempre he imaginado debe haber en las ciudades japonesas. La explanada de los cerezos, en la que uno de estos días el Sakuri Matsuri celebrará la explosión floral de la primavera, es sencillamente impresionante. Casi todos los paseantes son asiáticos y las únicas chicas con aspecto norteamericano, visten kimonos, pero ensayan pasos y movimientos de "cheerleaders", con los que seguro animarán a vete a saber que equipo y en que campo. Yo, sigo con mi paseo sin dejar de mirar a unos y a otros. Hace ya tiempo que aprendí a disfrutar de las cosas aunque no las entienda.

A medida que me acerco a la valla, a la frontera entre Japón y Brooklyn, el sonido de las sirenas me recuerda que sigo en New York;  otra vez en el Metro, unas cuantas estaciones hacia el sur me dejan en Coney island: Allí me encuentro con un parque de atracciones de principios del siglo pasado y que reúne en sus norias y "tiovivos" todo el encanto de lo desconchado, despintado y algo herrumbroso. Dicen los neoyorkinos que, seguramente, no le queda mucho tiempo y que una ola de modernidad reurbanizará la zona y lo convertirá en un parque Disney. Será una pena, pasear entre sus viejas atracciones me ha transportado a viejas salas de cine, al blanco y negro y a un sinfín de cosas más.

Las calles cercanas al parque, esas de casas bajas con el metro elevado por medio, son otra sorpresa: de pronto, el inglés desaparece, las tiendas venden vodka y "matriuskas" y además tienen sus letreros en cirílico; en los parques el basket queda arrinconado por el ajedrez. Nunca hubiera creído que Rusia y Japón estuvieran tan cerca cuando se viaja en Metro...

De vuelta a casa, cambio de Metro en Times Square; en el hall de la estación y delante de un enorme equipo de música, un adulto de no mas de 70 centímetros de altura, baila, vestido como él, temas de Michael Jackson. Lo hace tan bien que, al poco, consigue congregar a una multitud que le echa dólares; y eso son dos cosas nada fáciles de conseguir en un lugar en el que han visto casi todo. Disfruto de verdad del espectáculo y, después de hacer mi aportación, voy hacia mi tren.Se que dentro de muy pocos días podré hacer otro viaje en esa línea que a través de Queens  lleva a México, desde donde, solamente con cruzar una calle, llegas no se muy bien si a la India o a Pakistán.

 Sentado en mi vagón, recuerdo mi largo viaje de una sola jornada, después, y esto siempre me pasa en el Metro de esta ciudad, repaso con la mirada a los que me rodean y pienso: ¿cuántos mundos, cuántas historias de las que nunca sabré nada irán subidas a este tren?.

Imagen de jAzketa

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