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El Tepuy y el río

Desde hace tiempo pienso muchas veces en un viaje que hice a Venezuela. Han pasado años -en realidad muchos- así es que parece ser, que continúo acomodado en esa confortable costumbre de escribir sólo del pasado.
Llevábamos días recorriendo rincones de la cuenca del Orinoco - y todavía bajo los efectos de la impresión que nos produjeron aquellas selvas y ríos-, saltamos a la parte oriental, a la Gran Sabana. Allí, nos dejamos envolver por la magia de los grandes saltos de agua, de los tepuys perfilados en el horizonte y sobre todo, por el monte Roraima.
Yo había leído algunas cosas acerca de este gigante y de su historia; las suficientes como para saber que me encontraba ante el punto de más altura en 500 Kms. a la redonda y que alguien había puesto sus pies en él en 1.884. El dueño de la hazaña fue el inglés Everard Im Thurn, un hombre culto, fotógrafo, escritor y botánico que tuvo cargos en la administración colonial de Guyana y la actual Sri Lanka y al que me costó poco imaginar como un producto clásico de la factoría victoriana de Oxford.
Todos estos datos, la verdad, hoy tienen poco interés. Todo lo mas, para hacer notar que entonces tuve que bucear durante días entre enciclopedias para encontrarlos y que hoy -sin embargo y por fortuna- con sólo unas teclas aparecen en internet.
Pues bien, aunque la introducción haya sido larga, es otra imagen la que ocupa la mayor parte de lo que recuerdo. Nos acercamos a la orilla del río Yuruaní y allí, dejamos pasar el tiempo hipnotizados por la fuerza de aquella masa de agua que corría violentamente hacia el mar. Sentado a unos metros de su orilla vi, una vez más, la fuerza de la naturaleza y nuestra absoluta pequeñez frente a ella; un espectáculo fascinante y aterrador a partes iguales.
Aquella fuerza desmedida que tanto me impresionó, no iba a desaparecer fácilmente de mi vida y el Yuruaní se encargó de recordarlo. Años después uno de mis mejores amigos sufrió un accidente de kayak y salió de aquellas aguas para sentarse en una silla de ruedas.
Por eso es por lo que no olvido -ni podré hacerlo nunca- ese río.
Me gustaría poder darle a un botón y volver a aquella mañana en la que dejé pasar las horas frente a él. Pero me gustaría -sobre todo- que no hubiera pasado lo que pasó y, ya de paso, haberme perdido tantas y tantas cosas como he aprendido de mi amigo desde entonces

Imagen de jAzketa

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