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EL YEMEN HACE "UN MILLÓN" DE AÑOS

Digo lo del millón de años no porque se trate, ni mucho menos, de un viaje olvidado, sino porque hace tanto tiempo que, aquí y ahora, el Yemen que conocí me aparece nublado entre los laberintos de la memoria, sus fotos han perdido color y, seguramente, la imaginación se mezcla con unos recuerdos ya algo borrosos.

Hace muy pocos días estuve en Boumalne du Dadès. Seguro que muchos conocéis el lugar, es la entrada natural a las Gargantas del Dades.

Veníamos del sur, cruzando la gran llanura que separa el Antiatlas del Alto Atlas marroquí y el atardecer nos alcanzó encaramados a una pequeña altura. El sol caía rápidamente iluminando, de izquierda a derecha como un gran foco, los tonos ocres de las casas de Boumalne, los cultivos que lo rodean con un verde intenso y, sobre todo, la nieve todavía sólidamente instalada sobre los cuatro mil y pico metros del M'Goun.

Además, el cuadro tenía sonido; prácticamente al unísono, los tres o cuatro minaretes de las mezquitas del pueblo comenzaron a llamar a la oración. La verdad, no puedo hablar de que sintiera ninguna emoción mística; no tengo el punto de vista muy enfocado al más allá y además, prefiero que las creencias de cada uno suenen en su corazón a que atruenen las calles, pero, aun así, no puedo negar que el momento me conmovió y me transportó.

A principios de los ochenta pasé, con una pareja de buenos amigos, el Ramadán recorriendo un Yemen (que si no me equivoco aún eran dos) del que, seguramente, comprendí lo mismo que si hubiera estado en Marte, pero que me dejó boquiabierto.

No se qué puedo recordar con nitidez y, mas bien, tengo en la cabeza un mosaico desordenado: mercados en los que mujeres cubiertas de negro hasta los dedos, caminaban junto a hombres de aspecto altivo y fusíl al hombro, entre olores y colores que me parecieron medievales; o aquellos garitos en los que pasábamos tardes enteras tomando el té, mientras ellos masticaban las grandes bolas de qat; también, los largos viajes en auto stop o coches colectivos, que siempre nos dejaban en pueblos de arquitectura sorprendente.

En aquellos años, allí nunca pasaba nada, los secuestros de extranjeros, que luego se sucedieron, eran inimaginables y solamente sentíamos amabilidad y hospitalidad en cuantos nos rodeaban.

Igual un dia de estos me animo a ordenar lo que aún recuerdo y escribo algo. Entre tanto, cada vez que oiga la llamada de una mezquita, me acordaré de ellos, de su país fascinante y de aquél viaje que me hizo sentirme en otro mundo.

Imagen de jAzketa

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