La memoria viva de la diáspora sefardí (I)

A principios del siglo XX los soldados españoles que ocuparon el Rif se sorprendieron al comprobar que muchos marroquíes hablaban una lengua extrañamente similar a la suya. El origen de esta curiosa coincidencia se remonta al Decreto de Expulsión de 1492, que dispersó a los judíos hispánicos en todas direcciones. La gran mayoría fueron acogidos por el sultán otomano y establecieron las comunidades sefardíes más importantes del Mediterráneo en Constantinopla, Tesalónica y Palestina; mientras que el resto se asentó en el Magreb, principalmente en territorio del actual Marruecos.

Unos cuantos siglos después, algunos sefardíes magrebíes pudieron volver a la Península para afincarse en Gibraltar, ya bajo soberanía británica, violando así uno de los artículos del Tratado de Utrecht que prohibía expresamente que judíos o moriscos pudieran habitar en el Peñón. Precisamente, uno de estos sefardíes era Sir Joshua Hassan, primer ministro de la colonia durante diversos periodos del siglo XX.

En las comunidades judías del Magreb los sefardíes se mezclaron con los judíos que descendían directamente de los bereberes convertidos al judaísmo, de los cuales hablan las crónicas de los árabes, primero como enemigos y después como colaboradores en la invasión de la península Ibérica. Sin embargo, fue al acabar la Segunda Guerra Mundial que la gran mayoría de los cerca de 300.000 judíos que vivían en Marruecos emigraron al estado de Israel. A pesar de ello actualmente Marruecos da cobijo a una comunidad judía con cerca de 10.000 almas. La Fundación Cultural Judeomarroquí (http://www.casajewishmuseum.com), establecida en Casablanca, ciudad donde viven la mayor parte de los judíos del reino alauita, conserva la memoria histórica de este grupo. Su sede incluye el único recinto museístico judío del mundo islámico, una biblioteca y un importante archivo visual y sonoro. Entre las joyas que atesora la fundación destacan la colección de fotografías de sinagogas, mellah (juderías) y otros monumentos históricos, así como la extensa recopilación de grabaciones de música sefardí. Durante la entrevista que mantuvimos con su director éste nos confirmó apesadumbrado que ya nadie utiliza el judeocastellano, esa dulce lengua que deriva del castellano medieval y que en su momento sorprendió a los ocupantes españoles.

En la actualidad la presencia demográfica sefardí en el resto del norte de África es muy testimonial: unos miles en Túnez -país donde habita la milenaria comunidad de la isla de Djerba-, y unos pocos centenares en Argel, El Cairo y Alejandría, mítica ciudad donde es imposible encontrar una mínima sombra de los eruditos judíos ptolemaicos de la Septuaginta.
 

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