Espejismos de infierno en el Sáhara ocupado

Nuestras vacaciones de verano de 2008 comienzan con un atípico vuelo a Laâyoune, el antiguo El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, donde tenemos concertado un encuentro con activistas de los territorios ocupados de la Asociación Saharaui de Víctimas de Violaciones Graves de Derechos Humanos Cometidas por el Estado Marroquí (ASVDH http://asvdh.net). La cita se materializa de una manera ciertamente inquietante: frente a una céntrica gasolinera tenemos instrucciones de seguir a un hombre que ha de llevar una bolsa negra. Así lo hacemos y el personaje nos lleva un par de calles más allá. Al girar una esquina tropezamos con él y, mientras repasa la zona con la vista, nos da la bienvenida. Nos indica que hay que extremar las precauciones ya que las autoridades asignan vigilancia a todos los extranjeros.

Durante dos intensas jornadas en casa de Brahim Dahane, presidente de la asociación, conocemos a familiares y amigos; los unos activistas, los otros miembros del movimiento político y armado Frente Polisario. Uno de ellos es Brahim Sabbar, famoso preso de conciencia que acaba de ser liberado. Luchan por sacar a la luz un triste fenómeno que se lleva a cabo en el Sáhara de manera habitual desde hace décadas: las desapariciones forzadas. El día menos pensado los gendarmes marroquíes te detienen sin motivos en una manifestación o bien aparecen en tu casa y se llevan a parte de tu familia. Durante periodos de cautiverio que pueden superar los diez años nadie da explicaciones a tus familiares sobre tu situación. Los detenidos son confinados en su mayoría en prisiones secretas, aunque también es un destino habitual la tristemente famosa Cárcel Negra de El Aaiún (http://www.rebelion.org/hemeroteca/ddhh/aaiun220103.htm). En estas auténticas mazmorras de los horrores la tortura psíquica y física es constante por parte de carceleros que dan rienda suelta a sus instintos más sádicos. En un país regido por una autocracia absolutista de talante casi feudal que posee uno de los peores índices de respeto a los derechos humanos del mundo, la impunidad de las fuerzas de seguridad marroquíes se ve acentuada por la pasividad de la MINURSO, misión militar de la ONU que desde hace una década y media supervisa el alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario. Los oficiales de Naciones Unidas, a parte de entretenerse estropeando las pinturas rupestres del desierto con sus graffitis (http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Vandalos/casco/azul/elpepusocdmg/20080210elpdmgrep_3/Tes) –hecho que fue denunciado por un arqueólogo catalán–, organizan las visitas de familiares procedentes de la zona liberada, controlando su paso por el muro de separación de casi 2.800 Km (el más largo del mundo) que Marruecos ha ido construyendo con los años. Dos terceras partes del ejército marroquí, que duplicó su partida presupuestaria en 2009, están estacionadas en el Sáhara. Este esfuerzo sobrehumano reporta a la monarquía alauita el control de los principales recursos naturales de la zona: los gigantescos bancos de pesca de la costa atlántica, donde faenan ilegalmente barcos europeos; y la extracción de fosfatos en Boucraa, yacimiento donde se concentran las tres cuartas partes de las reservas planetarias de estos minerales, imprescindibles para la síntesis de los fertilizantes químicos que sustentan el actual modelo alimentario global.

La asfixiante situación de terror y aislamiento que se vive en los territorios ocupados sólo se rompe cuando algún político occidental se desplaza ocasionalmente hasta allí para hacerse unas fotos al más puro estilo Disneyland, sabedor que cualquier otra información referente al Sáhara ha sido desde siempre literalmente censurada, sobre todo en los medios españoles. Todo lo contrario de los territorios liberados, más allá del muro, en los campamentos de refugiados de Tindouf (Argelia), donde se sobrevive únicamente gracias a la precaria ayuda internacional. A pesar de ser el lugar del planeta con más minas antipersona por habitante (artefactos que en el desierto se van moviendo con las tormentas de arena), pueden vivir en paz en medio de la precariedad de la inhóspita hamada. Unos y otros saben que, a pesar de ser ciudadanos de segunda en su tierra, la verdad está de su parte y eso les impulsa a vivir en unas condiciones tan difíciles.

La fría noche del desierto, que contrasta con las altas temperaturas diurnas, nos deparará una última sorpresa al comprobar en el hotel que alguien ha registrado completamente nuestra habitación. Al día siguiente, mientras seguimos en directo por televisión el golpe de estado que se acaba de perpetrar en la vecina Mauritania, los activistas saharauis nos confirman que la policía acaba echando a los extranjeros fisgones. Antes de alzar velas preguntamos a nuestros anfitriones qué podemos hacer desde Catalunya por ellos. La única cosa que nos piden es que enviemos observadores a los juicios contra ciudadanos saharauis que se celebran tanto en Marruecos como en el Sáhara. Ya en las afueras de la ciudad, en uno de los controles militares los uniformados nos hacen salir del taxi compartido mientras juegan a retener nuestros pasaportes durante un buen rato. Al ver que somos ciudadanos españoles (seguro que bien fichados) los soldados llaman a un hombre vestido de paisano que luce ufano una roñosa metralleta, seguramente un saharaui colaboracionista, que nos interroga en un pésimo castellano:

- ¿A dónde vais?
- A Agadir.
- ¿Qué habéis venido a hacer a Laâyoune? ¿Turismo?
- Sí, turismo.
- ¿Sólo turismo?
- Sólo turismo.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Barça o Madrid?

 

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