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Una tierra aislada

En el noreste turco se ha vivido desde siempre de la agricultura, de las plantaciones de te, arroz, de frutales y de tabaco, también, aunque menos, de la ganadería, pero sobretodo de las rutas comerciales y sus mercancías que procedían del Asia Central, Irán o la China, pasaban por los puertos de Trabzon y Hopa en el Mar Negro, reposaban en las ciudades de Kars y de Erzurum, en el interior, para luego seguir hasta Occidente. Luego llegaron los tiempos modernos, los siglos XVIII, XIX y el XX, y el este turco se dedicó a comercializar sobretodo con Rusia, rival y amiga. Como suele pasar entre vecinos poderosos su relación osciló entre la necesidad, la desconfianza, y mucha conflictividad……hasta el declive del imperio ruso y el otomano, la llegada de los bolcheviques, de los comunistas, de la URSS y sobretodo de Stalin con quién las fronteras quedaron cerradas a cal y canto. La llegada del líder soviético acabó de forma abrupta con esas relaciones comerciales tan fructíferas, de hecho con el contacto de Turquía con los países del Asia central.

Hasta la caída de la URSS en el año 1989, que prácticamente la zona del noreste turco no tuvo contactos, de ningún tipo, con las tierras vecinas, aunque hubo mucho de contrabando. Hoy en día empieza ha haber comercio con Georgia, difícil debido a la inestabilidad política en el Caucaso, aunque no con Armenia cuyas relaciones diplomáticas son complicadas. De hecho, pese al tímido acercamiento de los últimos meses, la frontera de Turquía con Armenia sigue cerrada. Por estos motivos, y a falta de la implantación de grandes industrias en el noreste del país, principalmente en su interior, el motor económico de la región está derivando hacia el turismo. No obstante, y pese al enorme potencial de la zona, la falta de infraestructuras y modernización en ellas hacen muy difícil su buen desarrollo, sobretodo en la provincia de Artvin donde ni siquiera existe aeropuerto y su único acceso depende de una carretera serpenteante que, a veces, incluso puede quedar cortada debido a tormentas o nevadas.

Así pues el aislamiento ha sido una constante en la zona, y no sólo por causas políticas, como las que hemos repasado, sino también geográficas. Los Montes Pónticos y los Montes Kaçkar, que corren paralelos al Mar Negro por el interior de las provincias de Trabzon, Rize y la de Artvin respectivamente, son los grandes protagonistas de la región. Sus altas cimas han dividido, y siguen dividiendo en dos, todo el noreste entre las tierras costeras de Trabzon y Rize, más abiertas y que miran al Mar Negro, y las de Erzurum y Artvin, que quedan en el interior protegidas, pero también aisladas, por las cordilleras.

Ya nos lo decía el escritor ruso  Pushkin en su relato de 1829, escrito durante un viaje de campaña militar rusa por la zona Las innovaciones introducidas por el sultán todavía no han llegado a Arzrum (Erzurum). El ejército todavía lleva sus pintorescos trajes orientales(Alexander Pushkin. El Viaje a Arzrum durante la campaña de 1829. Ed. Minúscula, Barcelona 2003). Lo cierto es que antiguamente el único acceso terrestre posible, desde el Caucaso y el Asia central hacia la actual Turquía, era vía la ciudad de Kars, situada justo en el punto menos elevado y más ancho del noreste. Los ejércitos rusos, pero también el persa, el mongol, el árabe o el turco, por ejemplo, accedieron a la península de Anatolia por aquí. Luego seguían hasta Erzurum. Esta ciudad, a pesar de encontrarse en una importante vía caravanera, jamás llegó a modernizarse, quizá debido a su papel como fuerte militar. En efecto Erzurum, ya desde época romana, se levantó como fortaleza para proteger las tierras nororientales de los imperios, o reinos, romano, bizantino, árabe, armenio y turco. De hecho hasta el año 2006 el único aeropuerto de Erzurum era el militar. Por otro lado, la provincia de Artvin quedaba completamente cerrada entre sus altos montes y estrechos valles. 

Me atrevería a decir que precisamente la condición de “lugar inaccesible” de Artvin es lo que la convierte en un rincón tan interesante, no solamente por su accidentada geografía, sino porque ha podido mantener sus tradiciones y su cultura intactas. Un hablar, hacer, cocinar, cantar o bailar que mezcla ingredientes turcos con caucásicos, una riqueza única que en otros lugares de la zona, como por ejemplo en la misma Erzurum, ha desaparecido. Mientras esta ciudad, y en general el noreste turco, sufría por las disputas territoriales entre reinos e imperios, griego y persa, romano-bizantino y persa, bizantino y árabe, otomano y armenio, otomano y ruso, o entre turcos y soviéticos, las tierras de Artvin vivieron algo ajenas a los acontecimientos. Claro que, situadas como estaban en los confines de los imperios, estas zonas sufrieron asedios y ocupaciones, actuaron como muro de contención, fueron “tierra de frontera”, sus poblaciones, y habitantes pasaron de unas manos a otras de forma intermitente, y tuvieron que ver como cambiaban soberanos, nombres de ciudades, religión oficial, leyes, lengua, costumbres…pero a diferencia de otros sitios en Turquía, incluso en el mismo noreste como en Trabzon, Rize, Erzurum o Kars, en Artvin se vivió más de lejos. No todas esas antiguas civilizaciones se asentaron en ella, y por eso no hay ninguna presencia física, ninguna ruina, ni griega, ni bizantina, ni mongol, ni árabe, ni incluso turco selyúcida. Solamente turco-otomana, armenia y georgiana. Pero lo que es más interesante de todo es que estas tres culturas conviven aún, de hecho son la esencia a día de hoy de los pobladores de Artvin.  

Esto, en un país como Turquía cuyas antiguas comunidades griega, armenia, judía, caucásica, árabe….han ido desapareciendo, y casi sólo hoy en Estambul hallamos su presencia, resulta toda una curiosidad encontrar en la lejana Artvin. Una especie de tesoro, pues, que sólo se explica haya sobrevivido por el aislamiento de estas tierras.   

En Artvin la distancia entre los pueblos siempre es larga. Aunque estén a 30 kilómetros, es fácil tardar casi dos horas en recorrerlos. Muchos caminos siguen sin estar asfaltados, mucha gente no dispone de automóvil, muchos niños siguen yendo a las escuelas a pie porque no les llega el transporte escolar, muchos médicos se desplazan por en medio de los bosques para llegar a casas donde hay enfermos, muchos pueblos quedan aislados durante los meses de invierno, muchos restos monumentales siguen inaccesibles…Estos montes escarpados, estos valles estrechos y estos caminos serpenteantes sin embargo agradaron a un monje georgiano llamado Grigor, que en siglo IX se estableció aquí y creó un poderoso reino.

 Aunque la primera llegada de los georgianos en estas tierras se debe a la ocupación árabe de su capital, Tiflis, en el año 653. Sus reyes se vieron obligados a huir y lo hicieron hacia el sur, a lo que hoy es Artvin, donde quedaron protegidos por la geografía, y también por el imperio bizantino, al otro lado de los Kaçkar. Con los siglos, y la llegada de este monje emprendedor, intelectual y político, se acabó creando un reino georgiano propio aquí, con rey y capital asentados en Artanuji (hoy Ardanuç), e independiente de la propia Tiflis, entonces un emirato árabe. Se levantaron castillos, torres, puentes, pueblos, pero sobretodo monasterios que se convirtieron en un foco cultural de primer orden, con sus bibliotecas y escritorios, el lugar en donde se crearía el espíritu nacional georgiano, el que acabaría por expulsar a los árabes de Tiflis. Aunque en el s. XI los georgianos de ese “estado monástico” habían abandonado definitivamente Artanuji como capital central por Tiflis, la zona siguió bajo control caucásico, pese a que los turcos selyúcidas habían invadido ya gran parte de la Anatolia. Lo cierto es que hasta la aparición de los otomanos en la región, hacia el s. XV, Artvin, como también Trabzon, fueron zonas controladas por Bizancio y Georgia. Hay que decir que también vivían aquí griegos, llamados rum por los turcos, y armenios, llamados hemsi, aunque éstos últimos con menor número.

A pesar de la presencia otomana, algunos de los monasterios georgianos siguieron funcionando. Hubo algunas conversiones al Islam entre la población, aunque no fue la actitud general. La verdad es que durante casi dos siglos pudo vivirse relativamente en paz, y según las convicciones religiosas y culturales de cada comunidad, aunque todo cambió de forma drástica a partir del s. XVII y XVIII. En esa época estalló el conflicto entre el Imperio Otomano y el Imperio Ruso por el control de sus fronteras. Para resumir un poco la historia de la provincia de Artvin diremos que durante el s. XVIII, todo el XIX e inicios del XX fue disputada por rusos y otomanos/turcos, época en que vivió sus momentos más dramáticos, donde incluso su aislamiento no pudo salvarle de la tragedia. Hubo ejecuciones, destrucción de monasterios, y traslados de poblaciones, aunque el capítulo más curioso de todos fue el de las conversiones forzadas al Islam de armenios y georgianos. Esta historia resulta tan interesante que he preferido tratarlo en otro artículo independiente, y aquí sólo descubriré que la palabra gurj (en turco se escribe gürç), que se usa para denominar a los habitantes de Georgia, tiene su origen en las apostasías ocurridas durante esos siglos en la provincia de Artvin.

La situación geográfica de aislamiento de Artvin, pues, ha marcado, y aún marca, su historia y su vida. En el s. XX provocó que ésta fuera una de las últimas tierras en adherirse a la República de Turquía, creada por Mustafa Kemal, Atatürk, en el año 1923. Lo cierto es que partes de las provincias de Artvin, Erzurum y Kars formaban parte de Rúsia, de forma intermitente, desde 1827. Y que fueron la causa de las guerras turco-rusas de finales del s. XIX.

Los últimos tratados de paz tras el final de la Guerra de Independencia turca en 1921, incluyeron la ciudad de Artvin y excluyeron la de Batumi de Turquía, aunque podía haber sido diferente. Luego, la llegada de Stalin al poder, y la Segunda Guerra Mundial, separaron durante años a dos ciudades, incluso a familias, tan parecidas culturalmente como cercanas en la distancia.  A pesar de los esfuerzos de Stalin por borrar cualquier nación no rusa, como a los georgianos, y de Atatürk por unificar a todos los habitantes de Turquía bajo una misma Constitución, leyes y lengua, en Artvin la tradición se mantuvo. Con la política de turquización posterior, los pueblos y aldeas de Artvin cambiaron oficialmente de nombre, se inventaron nuevos apellidos, los monasterios fueron cerrados, las iglesias convertidas en mezquitas, y todos aprendieron a escribir y leer con el nuevo alfabeto latino el turco. Sin embargo, cuando uno se acerca a visitar Artvin enseguida se da cuenta de que todos nombran a los pueblos por su nombre antiguo, ya sea georgiano o armenio, muchas iglesias convertidas han sido abandonadas al construirse una nueva mezquita, se sigue hablando la lengua georgiana, aunque con matices respecto a la que se habla en Georgia claro, y se mantiene un folclore y música claramente de raíces caucásicas. Lo mismo sucede con aquellos lugares en donde vivieron armenios, aunque no han conservado la lengua. Viajando por Artvin, en cuestión de dos horas, y unos 40 kilómetros, se pasa de visitar una localidad de nombre y monumentos armenios, a una georgiana, en donde además su gente no se expresa habitualmente en turco, aunque lo saben. También a través de estas carreteras curvilíneas y difíciles, se llega a aldeas casi inhabitadas, o a espectaculares monasterios solitarios, a valles anchos donde no se encuentra a nadie, a densos bosques repletos de osos, se ven castillos inexpugnables…

Esta sensación de lugar oculto, aislado, la tiene también Yusufeli y los pueblos de alrededor, desde el mismo momento en que, ya antes de llegar al cruce que se desvía de la carretera principal viniendo desde Erzurum, la carretera se ha ido estrechando repentinamente. Penetra cada vez más y más aunque no parezca posible, y las paredes de las montañas se van cerrando por atrás a cada kilómetro recorrido. Hasta la entrada de Yusufeli, con su letrero de bienvenida de hierro oxidado, parece el final, no el inicio de un lugar en donde viven 6.000 personas. Aquí, uno se siente lejos de todo, como en otro mundo, sin duda en otra Turquía, a la que hay que conocer con tiempo, paciencia y esfuerzo.

 

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