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Vivencias del tren II

 Aquello fue terrible, en aquella sala de espera de la estación de Chinchilla parecía que el reloj se había parado, a través de los cristales veíamos como la nieve caía incesantemente, las personas que tuvimos que bajar del tren sentíamos como el frío nos calaba, mi hermano y yo estábamos casi abrazados, más unidos que nunca, oíamos como el estómago nos hacía un poco de ruido ¡era hambre! Mi madre sentada muy cerca de nosotros estaba bastante enfadada, de vez en cuando nos miraba, en sus ojos podíamos ver que también ella estaba aterrorizada ¿qué pasaría si teníamos que estar allí mucho tiempo? Busco en la bolsa y saco el paquete de bocadillos, nos dio uno y quitando el papel empezamos a morder con verdadero hambre mientras mi hermano no paraba de decir que un vaso de leche caliente nos iría bien, pero ¿A donde se podía ir a buscar? El pueblo estaba lejos y creo que había que subir una cuesta, con aquella nevada ¡Imposible! Por otro lado si llegaba el tren...

En otro rincón de aquella inhóspita sala una niña también estaba con su familia, sentada sobre el halda de su madre se abrazaba a su cuello, nos miraba mientras masticábamos con avidez aquel bocadillo, mi padre se dio cuenta, saco una navaja que llevaba y corto un trozo del suyo y se acerco hasta ella, le pregunto a su madre si lo quería para la niña. La señora muy amablemente le sonrió dándole las gracias ¡la niña comía con ganas! De pronto vimos como mi padre salía de aquel lugar, al cabo de un rato llego de nuevo, le acompañaba un señor que como casi todos los ferroviarios de la época iba vestido de azul marino, en la cabeza una gorra, se abrigaba con un chaquetón bastante raído y una bufanda marrón.

En aquella sala, al fondo se podía ver una estufa, estaba apagada, salio de nuevo para volver con un fajo de maderas debajo del brazo. Aquello calentó un poco los ánimos y la estancia. No recuerdo cuanto tiempo paso pero de pronto oímos como desde la puerta nos llamaban para preparar todo y salir ya que el tren se acercaba, entonces llegaron las prisas como si todos aquellos que estuvimos allí quisiéramos ser los primeros en abandonar aquel lugar inolvidable ¡¡Chinchilla!!

Los trenes de los tiempos: últimos años cincuenta y sesenta, eran muy distintos a los actuales, los vagones nada tenían que ver, estaban hechos de madera, otros estaban tapizados de lana azul marino y llevaban tapetes hechos de ganchillo para apoyar la cabeza, en ellos se podía leer las letras en mayúsculas R E N F E, algunas veces estaban limpios, blancos pero otras... ya se veían sucios, claro dependía del trayecto que aquel tren hiciese.

Cuando subimos todos al tren el jefe de estación dio la salida, oímos claramente como sonaba el pito, yo me acerque a la ventanilla y pude ver como levantaba la mano con el “banderin”, el tren pito con fuerza y enseguida se pudo oír el chasquido de los vagones al chocar con el otro y el vapor que se podía ver a través de la ventana, con el frío se dejaba notar mucho más, me “rebullí” en el asiento y puse los pies en aquella especie de estufa que en realidad era el tubo conductor de la calefacción. Recuerdo como mi padre con cariño me tapaba con su gabardina para que me quedara dormida.

Cuando desperté estábamos en Aguilas, bajamos del tren para ir directos al hotel, estábamos cansados, sobre todo mis padres que no habían podido dormir nada durante tanto tiempo, aquella pesadilla había terminado ¡creo que a mi padre no le quedaron ganas de viajar más en ese tiempo de invierno! Por lo menos en muchos años que yo recuerde.

Aguilas, era y es un pueblo encantador, me gustaba pasear, bañarme en sus playas, aunque en aquel viaje era imposible por estar en una estación inadecuada. Recuerdo con claridad como estaba el pueblo en aquel tiempo, todo era distinto al momento actual ¡como toda España,claro! Había una cosa muy importante, era un punto muy fuerte de los Ferrocarriles Españoles, o lo que es lo mismo de Renfe. Mi padre tenia bastantes amigos que estaban allí trasladados, trabajaban en el Deposito de máquinas, o, lo que es lo mismo los talleres ferroviarios. También habían maquinistas de la época.

Aunque era invierno se podía ir a pasear por la playa, por el puerto del Hornillo, desde allí se veía la isla del Fraile, o por el paseo marítimo, o simplemente por el pueblo, recuerdo que también íbamos bastantes veces a un restaurante que estaba construido dentro del mar, sobre unos grandes pilares, recuerdos vagos de entonces. Los señores mayores se sentaban en la puerta de su casa y con un fajo de esparto debajo del brazo iban trenzando aquel material que luego les servia para hacer capazos o simplemente cuerdas.

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