Clasificado en:

Vivencias de todos los viajes

Mientras estoy sentada en el sofá mirando el jardín a través de los cristales, los pajarillos vienen y van, saltando alegremente de rama en rama, y entonces me asaltan recuerdos y vivencias de mi vida. Unas vivencias que bien pudieran ser de una aventurera, nómada que camina como esos pájaros, de sitio en sitio, teniendo la suerte de conocer lugares, rincones inesperados unos y otros que por estar cerca no son menos interesantes.

Tuve una gran suerte, mi padre un hombre adelantado quizás a unos tiempos nada normales le gustaba viajar, conocer sitios, ciudades y pequeños pueblos de esta España nuestra. Quizás por trabajar en RENFE, exploraba todo aquello que le podía llevar sobre unos raíles.

Me acostumbre a esos viajes y luego seguí al igual que él, caminando subida a un tren, unas veces y otras en barco o avión, también cruzar Europa en coche, por amplias autopistas o estrechas carreteras. Todo vale cuando en verdad tienes interés en: convivir, conocer o explorar algunas partes del globo terráqueo.

Desde muy pequeña me costumbre a ir de vacaciones con mis padres y mi hermano, recuerdo el tren con gran cariño, los túneles que en aquella época al entrar el tren en el, si llevábamos la ventanilla abajo ¡claro, eso si era verano! El humo y la carbonilla entraba dentro del vagón con alegría, uno y otra... según por el trayecto que llevaba, de tanto restregarnos los ojos se ponían como verdaderos tomates. Eso sí, mi madre llevaba un pequeño neceser muy a mano en su interior: una toallita, colonia y un peine, como mínimo, de esa forma antes de llegar al destino echaba sobre la toalla un poco de colonia de baño y me lavaba la cara ¡Era verdad salía todo el trozo negro! Luego me ponía un poquito de crema para que la colonia no me resecara la piel.

Recuerdo que cuando tenía unos cinco años en mi casa se programo hacer unas vacaciones en invierno ¡Para bajar hasta Andalucía es mejor en invierno! Dijo mi padre ¡en verano hace mucha calor y no se puede ver nada! Y como siempre se prepararon, estaba lejos, eran muchas horas de tren, de vía, de camino en si.

Subimos en la estación de Barcelona Termino, o la estación de Francia, aunque llevábamos los billetes con reserva, casi siempre íbamos a esa estación, todo era más tranquilo. A ultima hora, no se porque se cambio de ruta y mis padres dijeron que era mejor ira al pueblo de Aguilas, desde allí, se podían hacer excursiones y visitar algunas localidades interesantes.

El tren salia por la noche, o por lo menos era de noche, de esa forma sin darnos cuenta estaríamos en Valencia, ese trayecto se pasaba durmiendo, para mi era mejor, me gustaba dormir en el tren, en el departamento solamente estábamos nosotros, mi padre cerro la puerta, así conservaría más la calor, en aquellos tiempos los trenes solían llevar una calefacción más bien fuerte, los tubos pasaban por debajo de las ventanillas y se podía poner el pie sobre ellas. Cuando llevabas un rato tenias que retirarlo casi te quemabas, a los niños nos gustaba aquel tipo de “estufa”, como le llamábamos.

Para mi fue como un suspiro, de pronto note que mi madre me sacudía por los hombros y muy queda me decía ¡Venga que ya hemos llegado a Valencia! Desperté y mire por la ventanilla, casi no había amanecido y en cambio ya habíamos llegado a la bella ciudad de las flores. Según mis padres allí estaríamos dos días, visitaríamos a unos familiares y pasearíamos por sus calles y playas.

Cuando el tren paro, mi mamá: me había “lavado” la cara y arreglado mis largas trenzas, primero bajo mi padre y mi hermano que una vez abajo me cogió para dejarme en el suelo, luego le dio la mano a mi madre para que pudiera bajar mejor.

Fuimos directos al hotel, estaba cerca de la estación, allí, si nos pudimos lavar bien y cambiar de ropa para salir a calentar un poco el estómago, a tomar un buen desayuno. Una vez instalados y aseados bajamos al holl, estábamos a tiempo de tomar aquel apetitoso refrigerio en aquel lugar ya que no habían empezado a servirlo. Nos dijeron muy atentamente.

Todo bien, primero había que decir a la familia que estábamos allí, luego las visitas de rigor, aunque conocíamos la ciudad siempre hay un rincón por descubrir ¡Era verdad! Lo que vimos en aquel viaje no lo conocía.

¡Como lo puedes conocer pequeña! Me dijo mi hermano que era bastante mayor que yo ¡tú no has estado nunca aquí! Le miré y me quede callada.

Recuerdo que había un palacio llamado de Ripalda, creo que luego fue derribado, pero mientras lo visitaba me pareció algo muy original. Desde muy pequeña, mi padre y mi abuelo nos acostumbraron a visitar esos emblemáticos lugares; todavía hoy perdura en mi el visitar palacios, castillos y todo aquello que tiene historia en el lugar que me encuentro.

También visitamos el Museo Nacional de Cerámica y Arte Suntuoso “Gonzalo Martí” Una maravilla dentro de esa ciudad. Y el Real Convento de Santo Domingo y la capilla de San Vicente, una joya que siempre que se pase por Valencia se debe de visitar y la Basílica de los Desamparados y las Torres de Serrano.

¡Claro que todo no fue ese mismo día!

La familia ya sabía que estábamos allí y que íbamos a comer con ellos. El día estaba esplendido, el sol nos acompañaba. Después de comer y de hablar un poco, los mayores decidieron ir a tomar un café al centro. Eso sería en el Café León de Oro. Aunque de otras cosas no recuerdo muy bien por la edad, ese nombre, café León de Oro, no se me olvidaría nunca ¿porqué ese nombre? En mi corta edad no comprendía.

Aquellos dos días pasaron volando, tuve oportunidad de ver cosas y además disfrutar unos ratos de aquellas primas mías que si nosotros no íbamos hasta Valencia no tenía oportunidad de ver mucho. Y, de nuevo estábamos a “caballo”, en ese caballo de hierro que corría sobre unos raíles muy brillantes.

Nuestra próxima parada era Murcia y luego Aguilas, claro que en Murcia había que cambiar de tren para poder llegar hasta el pueblo costero. Nos instalamos de nuevo en aquel tren que iba chirriando las más de las veces y que cuando se llegaba al final del trayecto el pulso seguía al mismo ritmo que el del tren, a pesar de todo eso, me gustaba ir subida en aquellos viejos vagones donde los asientos eran de lana y picaban, eso si no tenían algún “bichito” y te dejaba las marcas en las piernas o, era eso o, de lo contrario los asientos de madera donde no habían compartimentos.

De Valencia a Murcia el trayecto no era muy corto y habíamos comprado unos bocadillos de tortilla ademas que la familia nos habían traído pastas caseras y otro tipo de dulces, amen que mi mamá siempre llevaba chocolate y de vez en cuando un trocito era bueno. Me gustaba ver el paisaje a través del cristal, el tiempo era frío y se llevaban las ventanillas subidas, recuerdo que cuando se iba llegando a Elda, encontrábamos unos montes donde aquellas enormes piedras tenían formas de animales o, quizás ¿era mi mente que los veía? ¡No,no! Mi hermano también los veía y me lo explicaba todo. Era divertido en algunas estaciones, cuando el tren paraba unos minutos más, bien por que tenían que llenar de agua, o mirar algo de la máquina, etc.; recuerdo que era en: Elda Alicante, Crevillente, Orihuela, etc.; “salían” unas señoras vendiendo agua con cántaros, por la ventanilla daban el botijo y los viajeros bebían un trago o, bien se ponían en un vaso de viaje (aquellos vasos eran curiosos, estaban hechos de plástico rígido, después de utilizarlos se plegaban y se quedaban planitos, luego llevaban una tapa, se tapaban y se guardaban de nuevo en el bolso).

Cada uno de aquellos viajeros bebían lo que tuvieran sed y luego pagaban. En otras vendían: turrón o, naranjas, tortas típicas del lugar, cada señora cantaba ofreciendo aquello que llevaba o, guardaba en unos cestos grandes; a mi me gustaban las almendras garrapiñadas, eran exquisitas, mi padre siempre me compraba y también para mis amigas.

En aquel trayecto de Valencia y me parece que antes de llegar a Alicante recuerdo que habían dos largos túneles que en invierno era menos “peligrosos”, pero en verano antes de entrar en ellos se tenían que subir las ventanillas, era tremendo el humo que entraba, recuerdo que esa vez mi mamá saco la colonia y en un pañuelo puso unas gotas para poder oler o, respirar mejor; era terrible y apasionante a la vez. Quizás a esas edades todo se ve como una novedad y nos parece bonito.

Pero lo de verdad estaba por venir, nadie lo esperaba en aquel que parecía un tranquilo viaje.

No recuerdo porque razón y tampoco donde, el tren de pronto se paro y durante un rato nadie se movió, pero aquello ya duraba demasiado; mi padre era “ferroviario” pero tenía un “cargo” distinto y decidido salio hasta la puerta, aquello parecía serio, después de hablar no se con quien bajo del tren y acompañado por la pareja de la guardia civil y el revisor caminaron un trozo en dirección a la máquina. De eso me entere mucho más tarde. Después de un buen rato se ve que decidieron desviar el tren, se daría mucha más vuelta pero no había remedio. De nuevo estaba caminando o rodando, para decir verdad, no tengo más recuerdos de aquello, simplemente que llegamos a Chinchilla y tuvimos que bajar, para esperar otro tren, así que bajamos los cuatro y nos quedamos en la sala de espera de la estación hasta que llegara el tren al que subiríamos de nuevo.

Mis recuerdos de ese lugar son tremendos, tanto que me propuse no volver. Cuando llegamos estaba nevando, pero aquello no era nada para lo que iba a venir después, en mi vida he visto tanta nieve junta, en aquella sala el frío era intenso, mi hermano y yo estábamos muy juntos, mi mamá se quejaba, y mi padre recuerdo que decía ¿quien lo iba a pensar? Creo que la estación estaba lejos del pueblo, la nieve seguía “volando” por doquier para luego posarse en el suelo que ya no se veía el color, era todo blanco.

Preguntaron si había algún taxi para ir hasta el pueblo o hasta algún lugar donde poder estar hasta que ¿Hasta qué? Esa era la pregunta, mi pobre padre llevaba una bufanda bastante grande, la recuerdo perfectamente era color de rosa con unas rayas formando cuadros en rojo, se la quito y mirando en el bolso de mi madre (antes las madres llevaban de todo en aquellos bolsos) encontró unos imperdibles, la doblo y me a puso a modo de caperuza ¡Como lo agradecí! Creo que mi cara decía todo ¡estaba helada! Aquello me traumatizo tanto que no he vuelto por ese lugar, creo que he pasado unas cuantas veces por la autovía y en verdad no he intentado parar.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.