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Viaje a la esperanza I - parte

 Era difícil saber si aquel viaje iba a tener un retorno feliz. Aún no habiendo perdido nunca las esperanzas. Aún sabiendo y pensando que a pesar de las dificultades todo iba a salir bien, pero... Aún y así, el gusanillo de la incertidumbre roía de vez en cuando ¡Eso sí! sin perder nunca la sonrisa, mostrando la parte más natural que tenemos las personas.

Decidimos ir en tren, ya que de esa forma la vuelta también sería mucho mejor, más descansado. Era un reto duro pero al mismo tiempo la lucha teníamos que asumirla. Así que tan pronto como nos avisaron de la Clínica, sacamos el billete, de ida, claro ¡no sabíamos para cuando la vuelta! Desde nuestro punto de procedencia debíamos coger dos trenes, o lo que es lo mismo hacer transbordo en la capital del reino.

Cogimos el primer tren hasta Madrid, para luego seguir con el Alvia que nos llevaría a la capital navarra. Teníamos que estar un rato en la estación madrileña hasta coger el otro tren. Para que el rato se nos hiciera más corto habíamos quedado con unos amigos, comeríamos juntos, bueno una comida leve, sencilla, el apetito no era mucho.

A mi marido le habían diagnosticado un cáncer de próstata, en el lugar donde vivíamos las perspectivas no eran muy alentadoras,así que decidimos ir a Pamplona. Previamente habíamos enviado los diagnósticos que nos habían dado, después de repasarlos en la Clínica nos dijeron todo lo contrario que en el primer lugar, al leer aquellos informes su parecer era otro totalmente distinto, nos dijeron que una operación y a casa ¡Bueno pues de esa forma era fácil! Ese fue el porque de ir en tren.

En Madrid nos estaban esperando los amigos, después de los saludos de rigor, nos sentamos en uno de aquellos pequeños restaurantes, comiendo y hablando casi sin darnos cuenta se hizo la hora de subir al tren. Nos despedimos, y subimos con la esperanza de volver en muy pocos días. El tren pito, era la señal de salida y así, se puso en marcha con bastante rapidez, como era natural, ahora los trenes son distintos, mucho más cómodos, limpios, amenos y rápidos. Hasta nuestro destino no había mucho rato, bastantes kilómetros, pero pocas horas afortunadamente. Siempre me ha gustado ir en ese medio de transporte, quizás por ser hija y nieta de unos ferroviarios de pro.

Se me hizo corto el trayecto, ya estábamos en la capital navarra? Casi no me he dado cuenta, la verdad es que veníamos hablando, mirando a través de la ventanilla, y durmiendo a ratos ¡¡que bien se duerme en el tren!! Como ya teníamos el hotel guardado, esperamos a poder coger un taxi para que nos llevará, estaba un poco lejos y en realidad lo que más nos interesaba era estar cerca de la Clínica para no tener que madrugar tanto y además llegar pronto y descansar ya que después de pasar por distintas máquinas, no encontrarse bien, lo que más se desea es estar en un lugar donde poder descansar.

Como era el mes de septiembre, a las siete de la tarde todavía era bastante de día, así que decidimos después de instalarnos y hasta la hora de la cena ir a pasear un ratito, estirar las piernas después de estar todo la tarde sentados, seguro que descansábamos mucho mejor por la noche.

Al salir nos pudimos dar cuenta que el clima era distinto al nuestro, de pronto sentimos frío, el frío del norte, ese frío que viene de nieve, del Pirineo, así que dimos una vuelta y regresamos de nuevo a nuestro refugio.

Si pudimos ver que frente al hotel se alzaba altanera, como retando o desafiando a todos aquella mole, era la Clínica donde a la mañana siguiente nos esperaba el diagnostico de la esperanza, el resurgir a la vida, porque allí íbamos con esa ilusión, con esa firme esperanza. Regresar a la vida.

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