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Un paseo por Barcelona

 El tren paró en la estación de Gracia, todavía las máquinas eran de vapor y el trayecto en verano se hacía un poco pesado ya que encontrábamos muchos túneles. Las ventanillas abiertas por que la calor era sofocante y a través de ellas la carbonilla y el humo entraban dentro de aquellos vagones de madera repletos de gente que venían del sur de España. Habían estado toda la noche de viaje y se notaba el cansancio en sus rostros, las maletas por los pasillos y algunos estaban durmiendo sobre ellas. Irían hasta la estación de Francia, seguramente para hacer transbordo, cogerían otro tren que los llevaría a cualquier punto de Francia, Suiza o Alemania. Cada uno de ellos llevaba la carta de trabajo en el bolsillo. Bien guardada. Algunos de ellos, a lo mejor se quedarían en Cataluña, otros familiares estarían esperando para llevarles hasta su casa.

Eran otros tiempos, unos tiempos duros para muchos de aquellos pueblos del sur, o extremeños, y tenían que emigrar a otros países, a otros lugares donde había más trabajo y sobre todo libertad, algunos eso era lo que más buscaban, libertad.

Aquel día una muchacha joven había subido unas cuantas estaciones antes para ir hasta Barcelona y hacer unas compras. Normalmente no cogía ese tren, pero ese día quería aprovechar al máximo y se fue temprano.

Para ella la mejor estación era, Paseo de Gracia, salía a las Ramblas, y dando un paseo podía ver los escaparates de aquellas elegantes tiendas, llegar hasta la plaza de Cataluña y seguir hasta la Puerta del Angel o bien entraría en las Galerías Malda, que estaban un poco más abajo.

En todo ese recorrido podía elegir y decidir que era lo que más le convenía.

Subió las escaleras que salían a la calle. Había quedado con alguien en una confitería de las ramblas, siguió por la acera y cuando se dio cuenta casi se da de bruces con la persona que la estaba esperando. Se abrazaron y dieron media vuelta, hacía tiempo que no estaban juntas y ese día era un buen momento.

Cruzaron al paseo central, ella se paro y miró a izquierda y a derecha, suspiro mirando al cielo. ¡Que hermoso era aquel paseo! ¡Aquella Rambla de Cataluña! Quería andar despacio, disfrutar de todo aquello que la estaba rodeando. En aquellos años no habían tantos coches como ahora, había una tranquilidad distinta, era otra forma de vivir. Ni mejor, ni peor, distinto al momento actual.

Caminaban cogidas del brazo, el sol ya daba fuerte, pero no lo notaban, estaban ansiosas de contarse cosas; sin darse cuenta llegaron a la plaza de Cataluña, quizás era hora de reponer unas pocas de fuerzas, con un café y un croisant a la plancha, si, entraron en el retaurante-café La Luna, allí estarían tranquilas un ratito, luego seguirían caminando. Se sentaron en una de las mesas de la terraza.

En una esquina estaban haciendo obras, un gran letrero anunciaba lo que iba a ser aquello, las enormes letras azules se veían desde varios metros, o kilómetros, ellas rieron y ala vez dijeron: El Corte Ingles, grandes almacenes.

Claro estaba justo en la acera de la calle Puerta del Angel, donde también estaban Galerias Preciados, Casa Jorba y etc.

Después del desayuno fueron en dirección a ese calle, entrarían en todas, era la moda, la ropa más moderna, y no solo eso, todos los complementos necesarios para poder ir a una fiesta de la categoría que fuese, sobre todo para la juventud, quedaba otra forma la alta costura, pero claro para dos jóvenes recién terminada la carrera y prestas a empezar a trabajar, sus posibilidades no eran muchas, entonces mejor en unos almacenes.

Miraron el reloj, era tarde, era la hora de comer, se miraron y decidieron ir a comer pollo asado ¿donde? ¡Justo en el Pimpollo! Se pusieron a reír de nuevo, estaba detrás de las ramblas, pero eso sí, muy cerca.

Se había pasado el día y tenían que volver a casa, la amiga la acompaño hasta la estación, iba cargada de paquetes y además era un rato más juntas.

Llegaba el tren con su “piiiiiiiiii y su chucuchu” el vapor blanco saliendo por la chimenea dejaba rastro por detrás, era como una estela de esperanza, aquellos monstruos negros que cabalgaban sobre unos raíles llevando y trayendo ilusión, sueños, amores y alguna vez dolor y llanto en alguna de aquellas cartas que también eran “gente” que viajaba por toda nuestra España.

 

 

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