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UN VIAJE AL JAPÓN

Cuando bajamos del avión en el aeropuerto de Osaka, nos estaban esperando, una intérprete y el Presidente de la Academia de Arte. Después de los saludos de rigor, fuimos en dirección a la estación de donde salen los trenes de cercanías, ya que en el país nipón ese medio de transporte es el más utilizable; normalmente para todos los desplazamientos, es rápido, siempre con una puntualidad matemática y lo más curioso de todo, por lo menos para mí, era que en los andenes ya en aquella época, tenían, bueno mejor, tienen unas hendiduras o marcas en el suelo para que las personas invidentes puedan en todo momento saber por dónde caminan y no se  caigan a las vías, además, cada pocos metros les indica donde para la puerta. Ellos  y todo el resto de las personas se paran haciendo filas y con una exactitud es pasmosa, ¡Zas! Para el tren en ese justísimo lugar, la puerta, cada una de ellas en las marcas y sin variar ni un milímetro.

También es verdad que a horas punta es terrible el poder subir, se sube en volandas y donde te quedes te has quedado, quiero decir que si no hay sitio para sentarse, mejor no moverse de ese lugar, no se puede andar, imposible dar la vuelta ni tan siquiera mover la cabeza. Cuando hay menos gente o en los trayectos normales que va un poco más vacio, subes y si hay sitio te sientas, ahora, eso sí, están las mujeres sentadas, sube un hombre, la mujer se levanta para que se siente él. Insólito, verdaderamente insólito, todo al contrario que en el mundo occidental.

En Japón todos sabemos que el idioma oficial es el japonés, pero afortunadamente la mayoría de ellos también hablan el ingles, pero en las estaciones o lugares públicos en aquel entonces todo, absolutamente todo estaba escrito en japonés, así que o te aprendías el idioma, bien ibas con alguien del lugar que tuviera los dos o más o te quedabas en tierra sin saber para donde tirar. Claro que también tiene su encanto.

Nuestro trayecto era hasta Akashi-Kaikyo,  esa era nuestra primera etapa en aquel viaje, llegamos rápido, aquel tren parecía que tenía alas, subimos hasta la calle, casi sin darnos cuenta llegamos al hotel, era el mismo día que habíamos salido de España, el reloj no había adelantado nada o ¿me lo parecía a mi?

Teníamos el tiempo justo de tomar una ducha, arreglarse y bajar rápido para cenar, nos estaban esperando en el salón del hotel, mientras me duchaba parecía que seguía en aquel enorme avión, volando a un mundo de ensueño o ¿estaba soñando? Me pellizque, estaba viva y despierta, mientras mi marido buscaba en la maleta su ropa interior. 

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