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Nuestro viaje por Japón

 Mayo 1998:

Mi marido me hablaba, pero yo no se si es que pensaba en otra cosa o quizás ¿Estaba soñando? Mi cabeza no paraba iba de un lado para otro mientras José repetía ¡Espabila que nos esperan! ¡Ya... ya...! lo sabía pero no podía ir más aprisa. Me mire al espejo, no hacía falta nada de pintura, de lo contrario no terminaba y desde luego mi cara no reflejaba el cansancio, seguramente de toda la euforia que me invadía.

Bajamos por las escaleras, me gustaba conocer los rincones de aquello tan poco rutinario para mi. Eran puntuales como los ingleses, se notaba que todavía les quedaba ese poso de cuando los tuvieron entre ellos. Mire al Samurai ¡¡sigue vestido igual!! ¿Hasta cuando ira así? Pensé en silencio, mire y note que las personas que nos rodeaban al verle se apartaban y miraban más que con respeto, con un temor en sus ojos.

Nos acercamos todos en un instinto de educación, la interprete nos indico que íbamos a cenar fuera del hotel, teníamos que coger un taxi. Así que salimos a la calle, ya nos estaba esperando, el conductor bajo y nos abrió las puertas, aquel taxista iba uniformado, de color azul oscuro el traje y con gorra de plato, subimos los cuatro, tres detrás, el samurai, se sentó en la parte delantera en el asiento de al lado del conductor, el taxista cerro las puertas y subiendo al mismo se puso en marcha, los dos hombres iban hablando entre ellos, seguramente le estaba indicando donde queríamos ir.

La interprete no dijo nada del lugar, hablamos de otras cosas pero no de donde íbamos a cenar, aquello era una sorpresa y... ¡Vaya si lo fue!

En el hotel donde estábamos todo era tipo europeo, las camas, los baños, en mi ignorancia pensé que en todas partes sería igual, pero me equivocaba de parte a parte y además con alegría ya que para conocer bien un país debes convivir con los nativos, saber su forma, su cultura, y nosotros estábamos dispuestos a ello.

Tardamos un “ratito” largo hasta llegar al lugar, entramos en una calle donde el taxi se paro y todos bajamos, miles de bombillas de colores nos indicaba que estábamos en un barrio de bares y restaurantes, la gente salía y entraba de aquellos sitios, las señoras iban casi todas vestidas con el típico quimono japones, le pregunte esa forma de vestir a nuestra interprete ¡¡Es normal aquí!! me dijo ¡además son las más adineradas! Entramos en uno de aquellos bares, al entrar nos dimos cuenta que era bastante más grande de lo parecido desde fuera, nos quedamos en la barra, el atún, las sardinas y otras clases de pescado con un montón de salseras que dentro cada una tenía el contenido de un color distinto. Todo estaba encima de aquel gran mostrador. El japones que nos acompañaba, nos pregunto ¿saque? O … ¡saque! Contesto mi marido. A mi no me gustaba mucho pero... a fin de cuentas era de arroz, pero la verdad es... aquel que nos habían regalado cuando vinieron a vernos era sumamente fuerte ¡paciencia! Pensé ¿Sardinas o atún? A mi me daba igual, me gustaban las dos cosas, me pusieron atún, miré y cogí la salsera que me pareció adecuada para untar bien aquel trozo de pescado, allí el pan brillaba por su ausencia y aunque yo no era muy “panera” con aquel tipo de comida no estaba mal. El saque tampoco era tan fuerte como yo pensaba ¡Esto es vino de arroz! Pero un tipo de saque para poder comer, el otro es parecido al orujo españo. La verdad es que no sentí el más mínimo mareo. Después de tomar aquel pequeño aperitivo salimos en dirección a un restaurante que nunca olvidaré. 

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