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Mi primer viaje a Madrid

 Había terminado mi carrera, también la pasión de mi vida ¿Cual elegir? No era nada fácil, una me inspiraba dinero seguro, la otra mi mundo, mi vida, mi afán, la ilusión por la que tanto había luchado. La pintura, el arte, el mundo de la bohemia ¿De la bohemia? Después del verano decidí dar una vuelta por Madrid. En Barcelona ya sabía de sobras lo que había.

Después de pensar y hablar con mis padres, la decisión estaba echada ¡Me iba de viaje a Madrid! ¡No había tiempo! Al día siguiente, si me lo pensaba mucho era peor ¿Sola? Bueno llame a una amiga que vivía en la capital ella me estaría esperando en la estación de Chamartín.

A veces los consejos que nos dan los mayores no nos sirven; quiero decir los consejos que nos dan los padres, y deberíamos cogerlos al vuelo, por que saben mucho más que los jóvenes ¡claro! Por eso han vivido ya, muchos años antes que nosotros y su experiencia es crucial.

Prepare la maleta y sobre todo la mochila de las ilusiones, de las ganas de comerme el mundo, sin pensar que a lo mejor el mundo se me podía comer a mí.

Después de prometer a mis padres que nada malo me pasaría, porque ¡No me iba a meter en ningún lío ni “jaleo”! Simplemente iba a ver como se desarrollaba el mundo del arte en la capital de España. Madrid no era el fin del mundo.

No tenía billete ¡Claro! Aunque mi padre me había advertido, no hice caso y seguí con mis preparativos.

Al día siguiente me fui con tiempo suficiente a la estación, me puse en la fila para sacar el billete, cuando llegue a la taquilla la respuesta del señor que estaba despachando los mismos me contesto que ya no habían billetes ¿Como? ¡Claro hay que reservarlos! ¿De que forma me puedo ir? Me están esperando. ¿No puedo ir sin billete? A lo mejor queda algún sitio vacío y el revisor me lo puede decir.

El taquillero no quiso hacerse responsable de aquella locura. Detrás de mí otra chica joven, más o menos de mi edad, esperaba también poder coger aquel tren, su marido, militar, la esperaba en la misma estación que a mi.

Nos pusimos de acuerdo las dos, viajaríamos juntas, quizás así el revisor no sería tan implacable.

Salimos al anden donde estaba el tren preparado, era el exprés, paraba en pocas estaciones, claro que en aquellos tiempos con máquinas de vapor, la velocidad no era excesiva y desde luego el camino era largo.

Después de hablar entre nosotras la decisión fue subir al vagón restaurante, iríamos de pie durante un buen rato, hasta que el revisor viniera y pudiéramos hablar con él.

¿Subimos? ¡Claro, arriba! Ya estábamos en el lugar, al poco el pito del jefe de estación silbo con fuerza, la señal estaba dada. Oímos pitar el tren, de pronto un movimiento brusco nos dio a conocer que se ponía en marcha que caminábamos para una aventura nueva.

La estación de Francia se iba quedando atrás, la noche se estaba cerrando sobre Barcelona, las luces de Neón comenzaban a parpadear haciendo la competencia a las miles de estrellas que fuertemente brillaban en el cielo. El vaivén era constante, pronto aquellas luces quedarían atrás y el mar haría su aparición por las costas del Garraf, y su color sería de un plata precioso de un mar Mediterráneo que embravecido lanzaba sus olas contra las rocas de aquel acantilado formando una inmensa espuma.

El trayecto era largo, nada más había empezado, la incertidumbre estaba sobre nosotras ¿Qué pasaría con todo?

 

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