Aquel viaje a Bretaña

Estábamos cerca de París, los fines de semana era terrorífico como todos aquellos coches salían en tropel a diversos lugares del mapa francés. No importaba los kilómetros que hubieran por medio, el caso era evadirse de aquella capital que hervía durante toda la semana.

Lo recuerdo bien, el viernes a las dos del mediodía las autopistas francesas a “tope”.

A nosotros nos daba igual el día, nuestro trabajo era libre, además íbamos sobre todo para coger apuntes, pintar cuadros pequeños para luego poder hacer grandes formatos en el estudio ¡En viernes nada! Hablamos mi marido y yo, mejor el martes, luego podemos volver el siguiente o ya veremos ¡bien! Eso era lo mejor.

Prepare el equipaje al fin y al cabo no era mucho ya que donde íbamos también teníamos ropa.

Saldríamos temprano, bueno, eso si no había niebla ¡esperemos que no! Nos levantamos y vimos que el cielo estaba bien, desayunamos como siempre con tranquilidad, luego partimos, todo estaba bien preparado, no nos dejamos nada, hasta nuestro perro saltaba para subir al coche. De momento no hay niebla, esperemos que conforme avance la mañana no suba. Dijo mi marido.

Camino de Le Mans, allí, primera parada tomaríamos un café y descansar un rato. Miré al rededor , ya estaba cambiando el paisaje, los colores del otoño empezaban a despuntar, las ramas de los árboles se estaban quedando desnudas. Era como si una nube amarilla, o color ocre estuviera escupiendo hojas, eso sí, con mucha delicadeza ya que el aíre estaba quieto, muy quieto, por suerte la niebla ese día no se dejo ver, o mejor notar, el cielo estaba azul, seguimos nuestro camino hasta llegar a Rennes, entraríamos para comer, conocíamos un pequeño restaurante donde hacían una comida muy buena. El dueño era español, también el cocinero, podías optar por pedir comida de los dos lugares, española o francesa. Ellos ya nos conocían y nos ponían un poco de cada, pero aquel día apetecía algo templado, así que pedimos: Sopa de cebolla, foi y postre, eso sí, los quesos, es algo que no perdono, para mi es el mejor de los manjares.

Terminamos y vuelta al coche nos falta poco para llegar, pero nuestro pequeño albergue, nuestra pequeñita casa había que calentarla un poco. Estaba muy cerca de Saint Malo, junto al mar, allí las olas son bravas, pegan fuerte contra las rocas, acantilados que más de una vez guardaban leyendas y ¿verdades? De piratas escondidos, de princesas mitológicas, ahora todo aquello era distinto, pero conservaba ese punto de antaño.

El otoño a todos aquellos que nos gusta el pincel, nos llena de colorido, miramos alrededor nuestro y es como si estuviéramos en medio de una “paleta de pintor” en ese rincón francés encontrábamos todo eso y sobre todo con ese fondo maravilloso del mar, ese mar otoñal que no se puede definir el color.

Llegamos, era temprano, el día no estaba frío, eso sí, la humedad era inmensa, al abrir la puerta se noto el inconfundible olor, mientras mi marido encendía la chimenea, di una vuelta por aquel jardín que era mucho más grande que la casa en si. Vi todas aquellas plantas que parecía darnos la enhorabuena por nuestra llegada, la humedad y el clima lluvioso hacia que no se quedasen secas y en aquellas alturas de época todavía las hortensias estuvieran florecidas, sus flores, eran grandes de color rosa fucsia, pase acariciando y hablándoles ¡hemos llegado, estamos aquí! Las rosas altivas y engañosas, también parecían estar esperando, las limpiaría mañana, están llenas de ramas y flores secas, ¡sí, mañana al mediodía es la mejor hora para trabajar en el jardín! Me gusta tanto arreglar mis plantas. El nogal estaba cargado de fruto, seguí mirando, vi que asomaban las plantas de unos crisantemos ¡es un lugar perfecto para ellas! Me dije, no se hielan, ni tienen mucha calor. Están preciosas.

A la mañana siguiente fuimos a pasear por la playa, todavía el tiempo no era frío y se podía disfrutar de ese paseo. Mientras caminaba por la arena mirando aquel plateado mar, mil historia llegaron a mi mente, mire la espuma blanca de las olas al chocar en aquellas rocas, parecía que estaban echando nata sobre una gran tarta de cualquier celebración.

Sí, pintar allí es un placer, mirando el azul-verde de ese mar y las hojas maravillosas del otoño formando una alfombra donde secar los pies desnudos al salir del agua.

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