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Kosovo, un cúmulo de errores

De la misma manera que en la década de los noventa la Unión Europea (UE) fue incapaz de pilotar una voladura controlada de la iniciada fragmentación de Yugoslavia que hubiera evitado las sangrientas guerras que se sucedieron, la UE ha dejado ahora que Estados Unidos le cree un nuevo avispero en el corazón de la región más explosiva e inestable de Europa desde hace más de 150 años. La UE se ha dejado arrastrar por Estados Unidos hacia una precipitada declaración unilateral de independencia de Kosovo, que ha exacerbado las tensiones en Serbia y en Bosnia, que ha reabierto heridas sin cicatrizar y que ha tensado gratuitamente las relaciones entre los países europeos y Rusia.

La pasividad europea ante las reiteradas promesas interesadas norteamericanas de avalar una independencia kosovar ha creado el ambiente propicio para que los dirigentes albanokosovares no acepten otra alternativa que la independencia del territorio, pese a carecer de la legitimidad necesaria de las Naciones Unidas y cuyas consecuencias negativas van a sufrir los ciudadanos europeos y no los norteamericanos.

La diplomacia europea debería haber trabajado estos años para cortocircuitar las promesas norteamericanas y preparar el camino para que los dirigentes kosovares se conformaran con un autogobierno total de su región pero bajo el paraguas de una meramente teórica soberanía serbia como única vía para su futura adhesión a la UE. En lugar de ello, dejó que el ex presidente finlandés Martti Ahtisaari elaborara para Naciones Unidas sin ninguna influencia un plan de independencia que concedía todo a una parte y que, por tanto, no dejaba margen para la negociación; un plan que nunca podría ser aceptado por Belgrado. España mismo, que al final ha adoptado una postura de férrea firmeza por motivos electorales internos, mantuvo estos años una posición acomodaticia y mensajes ambiguos de sumarse a la mayoría de los países comunitarios.

La UE es víctima de una doble estrategia de la Administración de George Bush de enfrentar a los países europeos con Rusia, su principal proveedor energético, y evitar que los países europeos puedan establecer la proyectada asociación estratégica con su poderoso e ineludible vecino oriental.

La primera herramienta de Washington para sus planes de envenenar las relaciones entre Europa y Rusia ha sido el proyecto de instalar en dos de los recientes estados miembros de la UE, Polonia y la República Checa, una batería de interceptores de misiles y una estación de radar, respectivamente, con el objetivo oficial de proteger un hipotético ataque procedente de Irán o Corea del Norte. Estas instalaciones del escudo antimisiles en la proximidad de la frontera rusa son consideradas por Moscú como una amenaza a su seguridad, máxime cuando Irán carece de misiles que puedan aproximarse siquiera al territorio europeo y cuando cualquier ataque de Corea del Norte a Estados Unidos se haría a través del océano Ártico. El proyecto norteamericano del escudo antimisiles ha logrado ya deteriorar las relaciones entre Rusia y la OTAN y entre Rusia y la UE.

La segunda herramienta utilizada por la Administración Bush ha sido el alentar la independencia de Kosovo, para crear una nueva querella entre la UE y Rusia, ya que ante una independencia no pactada de Kosovo Moscú no tendría otra alternativa que apoyar de forma inquebrantable a Belgrado, su aliado histórico.

La estrategia de la UE en los Balcanes tras la caída del régimen autoritario de Slobodan Milosevic se ha caracterizado por una preocupante falta de miras que ha contribuido a crear la situación actual. En lugar de volcarse con ayuda financiera y social masiva en Serbia para afianzar las fuerzas democráticas y preeuropeas, la UE ha estado cicateando sus ayudas y gestos políticos, incluso después de la entrega al Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia del ex presidente Milosevic. Sus excesivas exigencias de mayor cooperación adicional con el Tribunal de La Haya, condicionando acuerdos políticos y económicos a la entrega de los dirigentes serbiobosnios Ratko Mladic y Radovan Karadzic, ha permitido a las fuerzas ultranacionalistas serbias recuperar el terreno político perdido.

La UE ha olvidado que la entrega de Milosevic a La Haya le costó la vida al proeuropeo primer ministro serbio, Zoran Djindjic, y ha antepuesto la cooperación con el Tribunal de La Haya a la consolidación democrática, proeuropea y económica de Serbia, con las consecuencias de prolongar la inestabilidad política en los Balcanes y la inseguridad de la propia UE.

En una política de doble rasero, la UE además ha exigido a Serbia condiciones mucho más duras que las impuestas en su momento a Croacia por los mismos motivos. La UE firmó con Croacia el Acuerdo de Asociación y Estabilización sin condicionarlo a la entrega de los criminales de guerra buscados por el Tribunal de La Haya. La UE incluso inició posteriormente las negociaciones de adhesión de Croacia sin que se hubiera detenido al ex general Ante Gotovina, que fue capturado semanas más tarde por la policía española en Canarias.

Frente a las facilidades dadas a Zagreb, la ceguera política de la UE ha llevado a imponer las máximas exigencias a Serbia, incluso cuando la declaración de independencia de Kosovo era una cuestión de meses y cuando se requería la máxima generosidad europea para amortiguar el impacto de la pérdida por parte de Belgrado de la región considerada como la cuna histórica del país.

La UE incluso ahora, tras la independencia de Kosovo, continúa exigiendo la “total cooperación” de Belgrado con el Tribunal de La Haya como condición previa a la firma del Acuerdo de Asociación y Estabilización. Holanda ha contribuido al desaguisado al impedir en las últimas semanas cualquier flexibilización de esta política intransigente europea hacia Belgrado, abusando de la unanimidad requerida en la política exterior europea y tomando como rehén a toda la UE de su mala conciencia por su corresponsabilidad en las matanzas de Srebrenica (Bosnia) en 1995, después de que los soldados holandeses que la protegían bajo bandera de la ONU entregaran la ciudad a las fuerzas serbiobosnias de Ratko Mladic.

La UE parece haber olvidado que la clave de bóveda de la estabilidad en los Balcanes reside en Belgrado, no en Pristina o Washington. La misión de tutela política, policial y judicial que la UE ha comenzado a desplegar en Kosovo intentará transformar una región dominada actualmente por el crimen organizado en un estado democrático, mientras las fuerzas militares de la OTAN intentarán evitar nuevos estallidos de violencia y asegurar la protección de todos sus habitantes, en especial de la minoría serbia. Pero la llama de independencia de Kosovo ha vuelto a inflamar los Balcanes, a muy pocos kilómetros de las fronteras de la UE, y el nuevo incendio está lejos de estar bajo control.

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