Los socialistas europeos, sin proyecto y sin votantes

La profunda derrota sufrida por los partidos socialistas y socialdemócratas durante las elecciones europeas del pasado 7 de junio en un contexto generalizado de crisis económica revela con toda crudeza la creciente debilidad política de estos partidos frente a una derecha revitalizada y a la emergencia de un peligroso populismo extremista.

¿Qué le ha ocurrido a los partidos socialistas? ¿Por qué están perdiendo el apoyo popular de forma tan acentuada? ¿Por qué no consiguen movilizar a sus simpatizantes para que vayan a votar?

La primera respuesta a estas preguntas es que los partidos socialistas europeos están viendo reducida su base electoral tradicional. Un sector de esa base, los trabajadores menos cualificados o pertenecientes a sectores muy afectados por la competencia exterior se sienten como los grandes perdedores del proceso mundial de globalización.

Este grupo percibe que sus problemas y preocupaciones no están reflejados suficientemente en los discursos y los programas de los dirigentes socialistas actuales y se siente atraídos por los cantos de sirena de fuerzas populistas con mensajes simples, aunque se trate de falsas soluciones.

Otro sector de votantes tradicionales se siente decepcionado o desencantado por la actuación de esos partidos socialistas en el poder o por sus programas y opta por transmitir su voto a una nueva fuerza progresista emergente bajo la etiquete genérica de ecologistas o verdes. En este grupo figura de forma predominante una población urbana con un nivel medio o alto de formación.

Un tercer sector de votantes decepcionados o desencantados opta simplemente por dejar de ir a votar, quemados por el comportamiento de los políticos, las promesas no cumplidas, los discursos huecos y los programas sin alma.

El segundo gran problema de los partidos socialistas es precisamente la falta de un proyecto político motivador y distintivo. La derecha se ha apropiado sin ningún escrúpulo de las políticas socialdemócratas tradicionales para hacer frente a la recesión, como las intervenciones económicas de corte keynesiano, y ha asumido también como parte de su acervo la defensa, al menos verbal, de los sistemas de protección social.

Bajo la presión del proceso de globalización económica y la emergencia de nuevas potencias basadas en bajísimos salarios, los partidos socialistas actuales en el poder han quedado reducidos a gestionar el recorte del Estado de Bienestar con el efecto negativo que eso tiene sobre sus votantes.

Los partidos socialistas ya no hablan de recortar la jornada laboral, sino que ahora defienden retrasar la edad de jubilación y los laboristas británicos justifican incluso la jornada de 65 horas semanales. Sus programas políticos además adquieren tintes negativos, porque ya no se basa en propuestas movilizadoras sino en mensajes de miedo sobre el comportamiento que podrían tener los partidos conservadores.

La entrega ciega de los partidos socialistas al moderno dogma de la liberalización como panacea de todos los problemas y la interiorización de la nueva filosofía de seguridad máxima ante la amenaza terrorista hace cada vez más difícil distinguir un programa o una actuación gubernamental de un partido conservador de la de un partido socialdemócrata.

Las querellas internas de algunos partidos, como el Partido Socialista francés, o el desgaste por los errores, las mentiras y los abusos de otros, como el Partido Laborista británico, y la falta de un programa distintivo y motivador en el resto, como el PSOE o el Partido Socialdemócrata alemán, completan el desastre político que supuso para la izquierda las pasadas elecciones europeas.

Unas elecciones en las que la mayoría de los ciudadanos no encontró motivos para ir a votar.
 

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