Los Alyscamps de Arles, un paseo entre tumbas

Citados por Dante en la Divina Comedia y convertidos en pictóricamente célebres por Vincent Van Gogh y Paul Gauguin, los Alyscamps de Arles constituyen una inmersión fuera del tiempo, supone adentrarse en un paseo que parece extraído directamente del periodo romántico decimonónico, que nos acerca al mundo del Averno y a las dudosas esperanzas humanas de sobrevivir a la propia muerte, sabiamente alimentadas por la religión cristiana para afianzar el control político y social sobre la población europea, o a las algo más realistas expectativas de intentar dejar una huella perdurable del paso por esta vida, aunque sólo sea bajo la modesta forma de una tumba.

 

Los ‘Elisii Campi’, los Campos Elíseos romanos, que en su versión provenzal se transformaron en Alyscamps, se encuentran situados fuera de las murallas de la antigua ciudad romana y de la posterior muralla medieval. Los primeras tumbas, sarcófagos y mausoleos se instalaron en el primer siglo de nuestra era en los aledaños del tramo final de la Vía Aureliana, que conectaba la ciudad con Roma y con la Vía Domitia.

 

Con el paso de los siglos se convirtió en una vasta necrópolis, en concordancia con la importancia de la Arles romana, pero fue durante el periodo paleocristiano que adquirió su gran renombre y se transformó en un lugar de culto tras la inhumación del mártir San Ginés y posteriormente de San Trófino y de los siguientes obispos de la ciudad.

 

La pequeña capilla que albergaba las tumbas de los santos y los obispos pronto se vio rodeada de más de un millar de sepulturas apretadas en diferentes niveles. En la etapa final del Imperio Romano ya cristianizado y posteriormente, todo el que podía permitírselo en la región e incluso más lejos intentaba ser enterrado en los Alyscamps y los ataúdes afluían a la necrópolis a través del Ródano.

 

La capilla se transformó hacia 1040 en el Priorato de Saint-Honorat y más adelante la iglesia fue reconstruida con el campanario octogonal que aún hoy domina la necrópolis. Convertidos en una etapa destacada del peregrinaje medieval a Santiago de Compostela, los Alycamps mantuvieron su prestigio durante toda la Edad Media, a pesar de la pérdida de las reliquias de San Trófino (Saint-Trophime, en francés), que se trasladaron a la nueva catedral de Arles en 1152.

 

Penetré en este reino de los muertos temprano por la mañana, antes de que los ruidosos grupos de turistas estropearan con su bullicio la quietud y el encanto del lugar. Ante mi se abrió una larga avenida arbolada, flanqueada por sarcófagos pétreos, alineados a ambos lados, tal como los dejaron los Hermanos Mínimos en el siglo XVII.

 

El aspecto de los Alyscamps actual es muy distinto del que ofrecía en la Edad Media, ya que durante el Renacimiento la necrópolis fue sistemáticamente saqueada por los autoridades políticas y religiosas de la ciudad. Incluso los Hermanos Mínimos, que se habían comprometido a preservar las antigüedades del lugar cuando adquirieron el priorato de Saint-Honorat en 1615, no tuvieron ningún escrúpulo en utilizar sarcófagos y las piedras de las tumbas para la construcción de los fundamentos de sus edificios.

 

Tres sarcófagos paleocristianos bellamente esculpidos de la antigua necrópolis se utilizan como altares en la Catedral de Saint-Trophime y las demás piezas importantes rescatadas se encuentran preservadas en el museo arqueológico de Arles, que posee la segunda colección de sarcófagos paleocristianos más importante después de la del Vaticano.

 

Un poco más adelante, a la izquierda, se levantan las ruinas de la antigua iglesia de Saint-Césaire-le-Vieux, de la que sólo queda un bello arco de medio punto con ornamentaciones florales y geométricas que terminan en unos rostros esquemáticos de imaginería medieval, una tumba en un panteón encastrado en uno de los pilares del arco y una capilla expiatoria.

 

 

 

El tiempo ha borrado las inscripciones y los textos en la mayoría de los sarcófagos, destruyendo los sueños de sus propietarios de ser recordados por la posteridad. Pero aún pueden percibirse aquí y allá algún fragmento de inscripción y detalle escultórico, probablemente en los sarcófagos de las personas con más recursos económicos y en los más antiguos, construidos antes del colapso de la civilización romana y la pérdida de sus conocimientos técnicos.

 

En el suelo, a la derecha, la tapa rota de un sarcófago conserva aún un rostro esculpido en uno de sus ángulos. Quizá por el efecto de la erosión del tiempo o como consecuencia de la limitada habilidad del escultor, la expresión del rostro parece reflejar todo el temor y el pánico del difunto a abandonar este mundo, en las antípodas de la serenidad que se esforzaron en enseñar Epicuro y sus discípulos, tan denostados por el cristianismo que se impuso sepultando bajo sus dogmas e intransigencias la cultura grecorromana.

 

En medio de la avenida sepulcral, también a la derecha, se levanta el monumento de los Cónsules, erigido en el siglo XVIII en honor a los ediles municipales fallecidos durante la epidemia de peste de 1721 y cuya clara piedra labrada desentona con el gris erosionado de los viejos sarcófagos.

 

La pequeña capilla sepulcral medieval de la familia Porcelet-Vieux, más adelante la izquierda, con su puerta de arco ojival y los escudos de armas labrados a ambos lados, también rompe el alineamiento sepulcral. De forma cuadrangular, la blancura impoluta de sus muros revela una reciente restauración y una sólida reja de hierro impide que los curiosos perturben el descanso eterno de los miembros de una de las más antiguas familias de Arles. Ésta es la última superviviente de las antiguas capillas que las grandes familias nobles habían levantado en la necrópolis.

 

 

 

La avenida desemboca en la iglesia de Saint-Honorat, reconstruida en el siglo XII y coronada por el campanario octogonal de dos pisos, cuyos arcos me recuerdan los de cercano circo romano de la ciudad. Dejando a la izquierda un recinto hundido donde se amontonan las sepulturas paleocristianas, se penetra en el patio de la iglesia por un arco románico de múltiples molduras y de estilo provenzal, sostenido por dos columnas a cada lado con capiteles de motivos vegetales que parecen una versión estilizada de los antiguos capiteles romanos de hojas de acanto.

 

En el interior de la iglesia, el continuo revolotear de las palomas, que han convertido el antiguo recinto sacro en un refugio permanente, quiebra el silencio y deshace el encanto del lugar. La penumbra y los charcos en el suelo provocados por la lluvia confieren al recinto un aire de abandono, aunque es evidente que el interior de la iglesia ha sido restaurado recientemente y que incluso se ha recreado el antiguo pasillo de circulación de los peregrinos en la cripta de las reliquias.

 

En una capilla lateral a la derecha, se esconde un inmenso sarcófago bien conservado. La cobertura en forma de tejado inclinado de dos vertientes tiene unas magnificas cabezas esculpidas en los ángulos y el retrato de una varón en su tímpano. El sarcófago, de apariencia romana, da la impresión de que fue reutilizado posteriormente en el periodo cristiano, como muchos otros. El sarcófago de San Ginés, por ejemplo, había sido construido y utilizado por Tarentius Museus para enterrar a su esposa Hydria Tertulla y a su hija Ascia Emiliana, antes de ser utilizado por el patriarca eclesial, según explica en una antigua guía de 1925 Danis Poullinet.

 

Las narraciones medievales, como la Crónica de Turpin, convierten la necrópolis en el último reposo mítico de numerosos caballeros franceses caídos en Roncesvalles, quizá en memoria de los combates contra los sarracenos que se desarrollaron en sus inmediaciones tras la conquista del territorio por los fuerzas musulmanas en 730.

 

Antes que Ludovico Ariosto, en Orlando Furioso, mencionara la necrópolis de Arles, ya las canciones de los trovadores habían evocado el lugar en sus poemas heroicos relacionados con los combates contra los tropas árabes, como el que narra la valerosa muerte de Vivien, sobrino del conde Guillermo de Provenza.

 

Recinto de muerte, las tradiciones cristianas convierten también la necrópolis de Arles en un recinto de vida gracias al milagro de San Virgilio, que el día de su entierro devolvió allí la vida a una joven recién fallecida con solo tocar el ataúd del santo obispo, que ya en vida se había destacado por su habilidad en hacer resucitar a la hija de una pobre viuda.

 

Al salir de la iglesia, veo a los primeros grupos de turistas que han invadido el lugar. Sus conversaciones a viva voz, sus gritos a unos niños de espíritu independiente e inquieto y sus comentarios sardónicos mientras se fotografían disuelven la atmósfera de ruinas románticas suspendidas fuera del tiempo y me empujan hacia la salida, no sin antes detenerme de nuevo ante el rostro del difunto horrorizado ante la muerte, que también puede considerarse como una exhortación a aprovechar la vida y disfrutar del presente, como otra forma de presentar la poética recomendación de Horacio: “Carpe Diem”, “Aprovecha el día”.           

 

Imagen de eOliveras

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