Lecciones de la guerra de Georgia

La corta pero cruenta guerra desarrollada en Georgia durante la última semana permite extraer ya algunas primeras lecciones del conflicto en la actual fase de tregua frágil. La primera es que la Unión Europea (UE), cuando actúa de forma políticamente autónoma, tiene la capacidad diplomática de encauzar graves crisis internacionales hacia soluciones pacíficas negociadas, como demostró la presidencia francesa de la UE al lograr arrancar en un tiempo récord de Moscú la suspensión de las operaciones militares de represalia por la brutal agresión de Georgia a la población de Osetia del Sur. Fue la UE y no EEUU quien tuvo que resolver la crisis.

 

La segunda es que Georgia, a pesar de la opinión de EEUU y sus aliados de Europa del Este, no es un país suficientemente maduro ni responsable para estrechar sus lazos con la UE y la OTAN, ya que sigue considerando que los conflictos se resuelven por la fuerza de las armas. La política de aventurismo militar del presidente georgiano, Mijail Saakashvili, no sólo ha causado la innecesaria destrucción de la capital de Osetia del Sur y la muerte de centenares de sus habitantes, sino que ha atraído la desgracia hacia su propio pueblo, al desencadenar con su ataque suicida una intervención militar rusa en gran escala de represalia. El ataque del ejército georgiano a Osetia del Sur además ha destruido probablemente cualquier posibilidad de reintegrar en el futuro la región separatista en el seno de Georgia.

 

Si Georgia fuera miembro de la OTAN o estuviera en el proceso de adhesión, el conflicto habría podido arrastrar a la Alianza Atlántica a una peligrosa confrontación no deseada con Rusia. La experiencia demuestra que no se puede integrar en una organización militar, como la OTAN, a un estado con serios conflictos regionales sin resolver, como es el caso de Georgia con Osetia del Sur y Abjacia, las dos regiones rusófonas semiindependientes desde principios de los 90, porque eso transforma los conflictos de un solo estado en unos conflictos de todos los países aliados 

 

En la UE, la integración de Chipre sin reunificar es una constante fuente de tensiones y problemas, que complican las relaciones de Europa con Turquía. Esos contenciosos repercuten también en el seno de la OTAN, con obstáculos de Ankara a planteamientos de los países aliados europeos como represalia por los vetos chipriotas a gestos europeos hacia la comunidad turca del norte de Chipre.

 

La UE y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, han conseguido un éxito internacional de primer orden al presentar un plan de paz que hizo posible detener los combates antes de que la crisis degenerada. Fueron Sarkozy y el ministro francés de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, quienes se desplazaron a Moscú y Tbilisi para resolver el conflicto, mientras que EEUU se limitaba a repetir vacuas amenazas. La secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, sólo se ha desplazado a Tbilisi cuando las armas habían callado y para tratar de respaldar públicamente a Saakashvili. Hay que recordar que las gestiones diplomáticas europeas y del responsable de la política exterior de la UE, Javier Solana, ya detuvieron a principios de la década la incipiente guerra civil étnica en Macedonia y facilitaron la separación pacífica de Serbia y Montenegro.

 

La tercera lección de la guerra de Georgia es que hay que contar con Rusia, aunque sus blindados parezcan vetustos en comparación con el moderno equipamiento norteamericano de que disponen las fuerzas de Georgia. La Administración de George Bush ha seguido actuando como si Rusia siguiera hundida en la época de Boris Yeltsin, que acababa plegándose a las exigencias occidentales.

 

La metódica política de reconstrucción del Estado ruso llevada a cabo con procedimientos autoritarios por el actual primer ministro y anterior presidente ruso, Vladimir Putin, y los ingentes ingresos procedentes de las exportaciones de gas y petróleo han devuelto a Rusia su capacidad de actuar como gran potencia. Rusia vuelve a ser un actor internacional ineludible, cuyas posiciones, preocupaciones y razonamientos hay que tener en cuenta.

 

La cuarta lección es que el ejemplo de Kosovo comienza a repercutir en la escena internacional. La recepción en el Kremlin del presidente ruso, Dmitri Medvedev, a los líderes de las regiones separatistas georgianas de Abjacia y Osetia del Sur anticipa que Moscú defenderá a partir de ahora con más ahínco los intereses de las poblaciones de ambos territorios. La pretensión de la UE, la OTAN y EEUU de que Kosovo es “un caso excepcional que no puede invocarse como precedente” resulta ingenua y fútil.

 

La estrategia norteamericana de afianzar su influencia en el Cácuaso a través del respaldo incondicional a Saakashvili y de alimentar sin freno sus ambiciones se ha revelado errónea. EEUU ha perdido credibilidad entre la población de Georgia al no haber aportado su respaldo militar cuando las fuerzas rusas repelieron el intento de conquistar Osetia del Sur y Washington corre el riesgo de enajenarse con este conflicto la cooperación de Rusia en otras crisis internacionales mucho más graves, como la guerra de Afganistán, el programa nuclear iraní o el proceso de paz de Próximo Oriente.

 

Sorprende que desde la OTAN, las instituciones europeas y EEUU se centren las críticas y condenas en la actuación de Rusia, sin que en ningún momento se condenara el ataque destructivo y el bombardeo artillero de las fuerzas de Georgia a la capital de Osetia del Sur, Tskhinvali.

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