Una pasión belga

 

Todo belga que se precie adora las patatas fritas y tiene su freiduría favorita donde adquirirlas y donde aderezarlas hasta con 28 tipos de salsas diferentes. La irresistible pasión por las siempre presentes frites es una de las pocas cosas que comparten sin disputas flamencos y francófonos, tan distanciados en la mayoría de las otras cuestiones en este país tan fracturado.

 

Maison Antoine en Bruselas

 

Los belgas comen las frites en cucuruchos de papel caminando por la calle, en los bares y cafés, sentados en una plaza o cómodamente instalados en sus casas por las mañanas, al mediodía, por las tardes e incluso por las noches. Las frites constituyen una pieza esencial del patrimonio culinario y cultura belga, mucho más cotidiano que los también tradicionales mejillones, y a pesar de su carácter dietético poco saludable. Las freidurías no sólo están presentes en todos los lugares estratégicos de las ciudades belgas, sino que se desparraman también a lo largo de las rutas y autopistas.

El Gobierno valón promociona activamente el consumo de “frites” con una semana dedicada a la patata frita en diciembre, a pesar de las protestas y quejas de los médicos y nutricionistas que consideran esa promoción perniciosa ante la creciente epidemia de obesidad entre la población belga, en especial la francófona, menos inclinada a las actividades deportivas que la flamenca.

Con documentos en la mano, los belgas se atribuyen incluso la invención de las patatas fritas y califican a los franceses de imitadores poco afortunados. Un manuscrito familial de 1781 de Joseph Gérard narra que existía la tradición de elaborar patatas fritas en la zona de Namur, Dinant y Andenne, junto al río Mosa, desde al menos cien años antes.

Las patatas cortadas en forma alargada y fritas comenzaron a utilizarse como sustituto de la tradicional comida de fritura de pequeños peces cuando el río se helaba y cuando la pesca resultaba escasa. Las patatas precisamente se cortaban de forma alargada para imitar a los pequeños peces que sustituían en las mesas de la población más humilde de la zona valona.

Los belgas sostienen además que el nombre inglés French Fries no se refiere a que sean de origen francés, sino que la palabra french deriva del antiguo verbo usado en EEUU para referirse a cortar en palitos y que con esa interpretación ya figuraban en algún libro de recetas norteamericano de finales del siglo XIX, antes de que las tropas estadounidenses se familiarizaran con las patatas fritas en el frente del oeste durante la primera guerra mundial.

Francia, fiel a su afición a la grandeur, también reivindica la paternidad de las frites y asegura que su existencia está documentada ya en la época de la gloriosa Revolución de 1789, donde se conocían como las patatas del Pont-Neuf, porque allí se servían.

La opinión más arraigada sostiene que la mejor freiduría de Bruselas es la Maison Antoine de la plaza Jourdan, en los límites del barrio europeo. Una reputación lograda después de 61 años de servicio continuado y consolidada a través de las guías de viajes, los blogs y los comentarios en internet de los belgas y de los turistas.

La Maison Antoine fue fundada en 1948 por Antoine Desmet y su esposa, cuando decidieron abandonar su actividad de freiduría ambulante de feria en feria para establecerse en el corazón de Etterbeek. La pequeña barraca original se ha transformado con el paso de los años en un kiosko con un doble mostrador gestionado por la cuarta generación familiar y frente al cual hay casi permanentemente una doble y larga fila de clientes para comprar sus frites.

Pero no todo el mundo comparte esa opinión y la pequeña freiduría Frit-Flagey es considerada por muchos bruselenses como la mejor de la ciudad. Situada en la plaza Flagey, uno de los focos de la vida social bruselense fuera del casco antiguo, la pequeña barraca cuenta entre sus fieles defensores a la célebre escritora Amélie Nothomb y mantiene también una cola permanente de clientes.

Otras freidurías populares están distribuidas por los distintos puntos de la geografía de la capital belga, como Fritland en el centro, Clémentine en la plaza Saint Job de Uccle o la Friterie Charles en la plaza Dumon de Stockel, por citar sólo unos pocos ejemplos.

Unos días antes de concluir el 2009, cerró otra de las freidurías más clásicas de la capital, Martin, en la plaza de Saint-Josse, tras 78 años sirviendo patatas fritas a todo el barrio. La noticia ocupó una cabecera de página en los diarios belgas, al igual que la prensa belga recogió ampliamente las múltiples movilizaciones ciudadanas que se produjeron sucesivamente para preservar la pequeña freiduría de Flagey durante los avatares de las eternas obras que devoraron la plaza durante años.

 

 

 

 

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