La joven de Nevers

Nunca llegué a saber su nombre. De ondulada cabellera e incitadora sonrisa, la hechizadora mirada de sus profundos ojos oscuros podía llegar a hacer olvidar la voluptuosidad de sus generosas y apreciables formas. En una Nevers muy alejada de los recordados personajes de Paul Féval. ella evolucionaba entre las mesas de aquella terraza de la plaza Carnot al atardecer con la misma despreocupación seductora que Aurora en uno de los bailes de la corte borbónica de la novela El Jorobado.

 

Me había detenido en esa ciudad junto al río Loire por sus resonancias literarias personales: Nevers, la estocada de Nevers, esa secuencia imparable de ataques y paradas con la espada, que conducían a la inevitable y definitiva estocada mortal entre los ojos, cuyo secreto se había transmitido de generación en generación en el antiguo linaje ducal y cuya discutida veracidad reivindican actualmente los clubs de esgrima de la ciudad como un hecho demostrado. Sï, una novela y una estocada me habían conducido a ese remoto rincón de la Francia profunda, fuera de los principales ejes de comunicación y de aspecto adormecido, pese a la destacada riqueza de su patrimonio cultural.

 

Para mi generación, que tuvo que aprender demasiadas cosas de los libros, figuras legendarias como el imbatible Enrique de Lagardère forman parte de nuestro imaginario colectivo, de esa educación romántica recibida a través de las novelas, que nos hicieron interiorizar un sentido del honor y del deber, quizá anacrónico en estos tiempos de un utillitarismo exacerbado y de una deshumanizada tecnología punta.

 

Después de tantos años, aún resuenan en mis oídos frases rimbombantes como aquella de “si tu no vas a Lagardère, Lagardère irá a por ti”, de la época de mis lecturas infantiles y del deslumbramiento ante la pelicula de André Hunebelle, en la que el carismático Jean Marais interpretaba a Enrique de Lagardère y François Chaumette al malévolo principe de Gonzague, una película literalmente devorada en el cine de Figueres en compañía de mis abuelos, en esas desaparecidas sesiones dobles de los años sesenta, antes de que la televisión y el video impusieran sus propios ritmos, tan alejados de la magia inolvidable de las salas oscuras de los cines Sala Edison, Juncaria, Teatro Jardín o Las Vegas de la capital del Alto Ampurdán.

 

Tras haber explorado todos los rincones posibles de la histórica ciudad, mi mirada y mi atención se concentraba ahora en esta Aurora contemporánea, aunque su despreocupado contoneo entre las mesas luciendo unas esbeltas piernas apenas cubiertas por una escasa minifalda me recordaba cada vez más a la provocativa Léonore (Eleanor Parker) de Scaramouche que a la ingenua hija del duque de Nevers.

 

Inclinándose sobre mi mesa para que no perdiera detalle de la rotunda belleza exuberante de sus jóvenes senos, que una blusa negligentemente desabrochada pretendía realzar aún más, me recomendó una cerveza artesanal de nombre prometedor e insinuante: “Cerveza de la Abadia de Gozar”. Pero, antes de que pudiera expresarle mi satisfacción por su acertado consejo e intentar averiguar al menos su nombre, ella había desaparecido misteriosamente del local, dejando tras si el recuerdo de una belleza desbordante e innacesible, como la mayoría de los sueños.

   

 

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